¡BIENVENIDOS AL BLOG DEL TALLER LITERARIO DESPERTARES!

Bienvenidos al blog del TALLER LITERARIO DESPERTARES de la Biblioteca Popular "Cultura y Progreso" de Morteros, Córdoba, República Argentina.

Este blog se inicia el 14 de junio de 2011 para publicar los trabajos de los participantes del taller, que funciona en la Biblioteca Popular "Cultura y Progreso".

Ilustración de la cabecera: "El desván de la memoria" de José Manzanares, creador de sueños, artista plástico de Linares, Jaén, España.

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domingo, 23 de septiembre de 2018

342. CUENTOS DE REGLAMENTO SIMPLE por Gustavo Nielsen del 26-06-2017





"El cuento es un ejercicio de manipulación. El texto debe tener la suficiente cantidad de anzuelitos para mantenerte mirando". ¿Cómo escribir así? Aquí, algunos consejos del escritor Gustavo Nielsen, autor de libros como Playa quemada, El amor enfermo y La otra playa, Premio Clarín Alfaguara 2010.

1.-Me gustan los juegos simples, esos en los que el reglamento puede contarse en una línea. “Con tu bola tenés que pegarle a las otras dos, cada vez que lo lográs hacés carambola y así podés seguir jugando”. Billar. “En el saque la pelotita debe entrar en tu cancha y en la otra sin tocar la red; de ahí en más solamente en la del contrario”. Pimpón. Me gusta que alguien pueda responder en una línea cuando otro le pregunte “¿cómo se juega a esto?”.
En ambos casos se requieren poquísimos elementos: mesas, paletas, tacos, bolas.
El cuento es así.
Los recursos son muy básicos, unas hojas y un lápiz. Con eso tenés que escribir una historia que tenga un comienzo gancho, un desarrollo entretenido y un final imprevisto. Con eso tenés que enamorarme entre cinco minutos y una hora. Parece fácil, sin embargo es la cosa más difícil de hacer de la literatura, que todo el mundo intenta y vuelve a intentar; por el que decenas de personas van a talleres y pierden cantidades astronómicas de tiempo.
Por qué digo recursos básicos: si fuera cine necesitaríamos cámaras, carros, lámparas, rieles.
Necesitaríamos fletes para llevar todos esos objetos al lugar de filmación, y precisaríamos acordar ese lugar: no es lo mismo filmar en un lago que en una montaña. Se pueden hacer escenografías, pero normalmente son más caras que mandarse a los propios escenarios.
El lugar da lo mismo si lo que vamos a hacer es ponernos a escribir. Podemos escribir acerca de un lago o una montaña cómodamente sentados en la cocina de nuestras casas. Y también podemos escribir sobre fantasmas, aunque no existan, sin recurrir a carísimos efectos especiales.

2.-El oficio de escritor, según Don Julio Cortázar, consiste “en lograr ese clima propio (…) que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial”.

Cortázar habla de secuestro momentáneo; yo me atrevería a agregar que es un secuestro sano, si los hay. Y muchísimo menos fascista que el secuestro del cine. En una sala de cine nos apagan la luz, nos agrandan las imágenes y sonidos de manera atronadora, nos fijan a una butaca que solamente puede mirar hacia delante y nos fuerzan a quedarnos sentados a riesgo de perdernos alguna parte de la trama. Hasta en esto es diferente: si tenemos ganas de hacer pis perdemos la continuidad. No conozco a nadie que esté atado a la silla a la hora de leer un cuento.

3.-El cuento es un ejercicio de manipulación. El texto debe tener la suficiente cantidad de anzuelitos para mantenerte mirando. Debe tener un buen hall de entrada: con iluminación y un techo donde buscar las llaves al resguardo en el caso de que llueva. El autor te tiene que recibir aunque esté muerto, y te tiene que dar una palmada en la espalda cada vez que la subida se pone ardua. Porque es una subida, ya lo dijo una vez Guillermo Martínez: leer es como trepar una montaña. Cuesta, pero el premio es extraordinario. Le escuché la frase para criticar los planes de lectura que hacen los gobiernos, en los que dicen que leer es fácil. No. Leer es bien difícil, aunque tiene su recompensa al llegar a la cumbre con esfuerzo. El orgullo que sentís por haberlo hecho, el paisaje que se ve, el cansancio bien ganado, el temple de espíritu.
Fácil es mirar la TV.
Me gustan los cuentos en los que el autor es un experto manipulador. Puede exigirnos, nos lleva, nos trae, nos excita. Y nosotros, lectores, tan sin darnos cuenta…

4.-Para lograr eso el escritor tiene que manejarse con economía. Si tuviéramos que pagar por cada adjetivo que ponemos en un texto, nos fijaríamos más. A esto le llamo economía de las palabras. Al fin y al cabo se trata de lo que Quiroga nos aconsejó en su decálogo, sacarle el “ripio” al paisaje. Demostrarle al lector que sabés conducir, sin hacerle perder tiempo. La cuestión del tiempo perdido es importante en el tema de los cuentos.
La búsqueda del tiempo perdido en el de la novela.

5.-Lápiz, papel.
Una idea, un tono, un lenguaje, una visión y años de oficio.
La intrepidez puede suplantar al oficio.
Con esos ingredientes convocar una historia que provoque el asombro de los demás. Que haga llorar, reír o dé miedo. Que haga pensar, te rechace o te ponga incómodo.
Queremos leer historias extraordinarias. Para cosas comunes tenemos nuestras propias vidas.
Queremos leer sobre robos a bancos, engaños fatales, asesinatos perfectos, viajes imposibles; queremos leer sobre amores insaciables, grandes fracasos; catástrofes, incesto. Los mejores cuentos tienen olor a prohibición, y estiran la tensión en las relaciones como si nunca se pudieran romper. En los mejores cuentos nunca nada de lo humano funciona demasiado bien.
Si tenés un temperamento más duro vas a preferir a Hemingway y a Flannery O´Connor.
Si la sutileza domina tu vida, a Cheever o a Alice Munro.

6.-La idea de ser amable con el lector no es fácil para el escritor, es un adicional que debe tomar. Ya no solo tiene que esforzarse para que lo que dice se parezca a lo que el otro leerá, sino que debe jugarse para que el otro no abandone prematuramente la lectura. Debe tenerlo ahí atrapado hasta que el cuento se termine. Es el mismo esfuerzo que tiene que hacer cualquier persona para conocer a otra: se llama seducción.
El lector se da cuenta de que algo está mal escrito cuando saltea párrafos, y también agradece cuando al cuento no le sobra ni una palabra, lo que pasa muy pocas veces. Acá, casi únicamente con Borges y Saer. En Uruguay, con el gran Onetti.
Finalmente la obra puede ser un enigma, pero ese enigma tiene que estar acompañado de las palmaditas en la espalda. Como te estás morfando esto, te voy a ayudar. El escritor que me gusta es como El Amigo Americano de Higsmith, que te mete en problemas pero también te va a ir a salvar, para garantizarte que vas a salir de los quilombos en los que te metió.
Nunca te dejará solo.

7.-Algo sobre los personajes, ah. Esa familia inventada que nos sigue a todas partes. Jamás los juzguen. Que ellos actúen. El escritor les da entidad, después los tiene que dejar que vayan, digan, hagan. El escritor tiene que ser lo suficientemente piadoso para comprender que todos sus personajes tienen defectos y virtudes. Más que tratar de dirigirlos, hay que orientarlos y cuidarlos para que sean ellos mismos. No hay que preferir uno a otro, no hay que tomar partido. Todos ellos tienen que salir bien parados al final, todos tienen que provocar una mínima ternurita, por más hijos de puta que sean. Por más mentirosos, por más irresponsables. Si el escritor no logra instalar un efecto de quiebre en algún momento, ese personaje no servirá, porque no va a provocar empatía con ningún lector.
Un personaje sin empatías es descartable.

8.-Hay que hacerle creer al lector lo que viste en otros planetas, unas formas de vida que él no se imagina. Me encantan los escritores que tienen un plan que va más allá de la historia que cuentan, que se propusieron manipularte más de la norma. Onetti en “Esjbert en la costa”, o Casciari en 8.-“Basdala”. Estos escritores deciden duplicar la apuesta, hacerte llorar y reír al mismo tiempo, en el mismo relato. Los dos son igual de amables con el que los lee. Leer literatura auto explicada está bien, aunque leer algo sumamente cruzado y entenderlo es el triunfo supremo.
La primera vez que leí el Ulyses tenía dieciséis años, en esa edad uno entiende todo, por lo tanto no tuve problemas. Lo leí y chau. Al lector joven le pasa lo mismo que al octogenario: lee con una impertinencia serial.
La segunda vez fue a los cuarenta y ocho, y el morto qui parla pide explicaciones a cada renglón. Por suerte hay un libro de Gamerro que es más largo que el de Joyce y te va resolviendo enigma tras enigma del Ulyses; yo lo leí a la par, y terminé llorando por la maravilla de novela que había terminado. Literalmente, un viaje. Gracias James, pero también gracias Carlitos. La satisfacción es lo que más aprendí a agradecerle a la vida.

9.-Además de ser un libro difícil, al Ulyses lo apretó el tiempo, que pasa siempre, y en el que los escritores no podemos saber qué se va a entender en el futuro, o qué quedará.

10.-Empecé a escribir porque leí a Quiroga. Me había hipnotizado al punto de legarme sus ganas de asustar. Y lo que comprendí en su momento era que ese tipo me estaba hablando desde la tumba, a mis cortos seis años, y me asustaba desde sus huesos vueltos polvo hacía rato. Eso que dejó en sus cuentos seguía dando resultado. Su miedo resultó porque las palabras estaban correctamente alineadas para dar miedo. Yo estaba entrando en una trampa tendida desde el pasado. Poe tendiéndomela hace unos doscientos años; Kipling hace cien, Borges hace cincuenta. Esa es la maravilla.
Si sos escritor de los buenos, te morís menos.



https://www.eternacadencia.com.ar/blog/taller-literario/item/cuentos-de-reglamento-simple.html

https://milanesaconpapas.blogspot.com/2017/06/cuentos-de-reglamento-simple.html

domingo, 16 de septiembre de 2018

341. ¿Este aula o esta aula; poco hambre o poca hambre?




Tanto en el lenguaje oral como en los textos escritos aparece muy frecuentemente la vacilación sobre el determinante que debe anteceder a los sustantivos femeninos que comienzan por a (ha) tónica.

Veamos el uso de los determinantes delante de sustantivos femeninos que empiezan por "a" o "ha" tónica

Se duda si hay que decir o escribir este aula o esta aula, poco hambre o poca hambre, por ejemplo.

Las regla existente al respecto es muy clara, aunque hay que decir que en pocos textos se respeta y se aplica correctamente. Es la siguiente:

únicamente aparecerá el determinante masculino delante de un sustantivo femenino que comienza por a (ha) tónica en el caso de los artículos determinado e indeterminado el y un, y de los indefinidos algún y ningún.

• El resto de determinantes, al igual que los adjetivos calificativos que acompañen al sustantivo, irán concertados en su forma femenina.

Ejemplos correctos:
   el aula espaciosa
   un alma buena
   algún águila
   ningún hambre

Los demás determinantes deben aparecer en sus formas femeninas, si no, son formas incorrectas que deben corregirse por el determinante adecuado.

Ejemplos incorrectos:
   Este aula es muy grande* (expresión correcta: Esta aula...).
   Tengo mucho hambre* (expresión correcta: Tengo mucha hambre).
   El río lleva poco agua* (expresión correcta: El río lleva poca agua).
   Entrad en el primer aula* (expresión correcta: Entrad en la primera aula).
   Todo alma busca la plenitud* (expresión correcta: Toda alma busca la plenitud).
   Dispararon con el mismo arma* (expresión correcta: Dispararon con la misma arma).


A esta regla general debemos añadir las siguientes puntualizaciones:

1. En el plural se utilizan los determinantes femeninos regulares:
   las asas
   unas águilas
   algunas áreas
   ningunas armas

2. La regla anterior dada para los sustantivos no se puede aplicar a los adjetivos que comienzan por a (ha) tónica:
   El ácida fruta* (expresión correcta: La ácida fruta).
   El amplia casa* (expresión correcta: La amplia casa).

3. Cuando se intercala entre el artículo y el sustantivo otra palabra, se debe utilizar la forma femenina del artículo:
   Tengo un hambre enorme / Tengo una enorme hambre
   El aula espaciosa / La espaciosa aula
   Algún área desconocida / Alguna desconocida área

4. Algunas excepciones a la norma general:
   la a
   la hache
   la Ana (al igual que el resto de nombres propios femeninos que comiencen por a/ha)

5. En cuanto a los numerales cardinales, todos los compuestos del determinante un, ante la a tónica,     concuerdan con la forma masculina:
   veintiún áreas diferentes
   treinta y un aves de distintas especies
   cuarenta y un almas

http://desequilibros.blogspot.com/2012/02/este-aula-o-esta-aula-poco-hambre-o.html#.W57VoOhKjcf


Observaciones:

 El determinante "el" ante sustantivos que empiezan con la vocal /a/ tónica, precisamente no es el artículo masculino. Se trata de la variante de "la", que solo por casualidad tiene la misma forma que el artículo masculino.

Histórica y etimológicamente, se trata del pronombre demostrativo latino femenino ILLA, que en castellano antiguo dio "ela". Luego "ela" se convirtió en "la" en la mayoría de los casos, salvo ante palabras que comienzan con /a/ tónica, para evitar la pronunciación afectada. Veamos los siguientes ejemplos:

ILLA CASA > ela casa > la casa
ILLA ANIMA > ela alma > *el'alma > el alma.

El artículo masculino, sin embargo, viene del latín ILLE:

ILLE LIBRU > ele libro > el libro.



miércoles, 12 de septiembre de 2018

340. ANTÍGRAFO, CALDERÓN O «PILCROW» (Tipografía)

CALDERÓN O «PILCROW», ANTÍGRAFO O, POPULARMENTE SIGNO DE PÁRRAFO



Diseños variados de calderones, pilcrow o marcas de párrafos



El calderón es un signo tipográfico () utilizado en la antigüedad para marcar los diferentes párrafos. Se le llama también antígrafo o, errónea pero popularmente, signo de párrafo.

No es un símbolo alfabético y varía según el tipo de letra, pero la forma mostrada aquí es la más típica. Generalmente se dibuja como una letra P mayúscula al revés, pero también se puede dibujar agrandando la sección redonda hacia abajo asemejándose esta vez a una D al revés.



Calderones en una página de Berardo Villanova impresa por Nicolás Spindeler en Valencia en 1500



Posible origen y evolución del calderón


Historia y etimología
Se originó en la Edad Media para separar las ideas en un texto, antes de adoptar la práctica habitual de separar párrafos independientes.
Se piensa que su forma se originó como una C de capitulum (Capítulo), que con el tiempo fue cruzada por una línea vertical.
Ya en 1930, Eric Gill lo usó para separar párrafos y designar unos nuevos en un texto largo, en su libro "Un ensayo sobre tipografía".​

Usos actuales
Actualmente se utiliza en textos impresos para señalar alguna observación sobre lo escrito. Asimismo es el símbolo que representa la función «mostrar todo» en los editores de texto más habituales (Microsoft Word, OpenOffice.org Writer, etc.). Dicha función muestra en pantalla marcas de párrafo y otros símbolos de formato ocultos.
En Unicode, el carácter es llamado signo antígrafo, y su código es el U+00B6. Dependiendo de la fuente éste carácter puede tener varias apariencias.

El antígrafo puede ser añadido como siempre visible e imprimible en el S.O. Windows con las teclas Alt + 20: ¶ y en formato cursiva Alt + 0182; y en el S.O. Macintosh, con la combinación Option + J. En X Window System, presente en sistemas Unix y GNU/Linux, se puede introducir directamente con la combinación Alt Gr + R o con Shift + Alt Gr + R en la mayoría de distribuciones de teclado.

Signos de párrafo en otras lenguas
En chino, el signo de párrafo tradicional es "", casi igual al círculo en sans serif, el mismo que se usa, alternativamente, como «cero» chino. Como una marca de párrafo, este signo sólo aparece en los libros muy antiguos.

En Brasil el signo de párrafo (parágrafo) es §, y se utiliza mucho en los textos legales.

domingo, 2 de septiembre de 2018

339. El infierno está plagado de adverbios (terminados en -mente)


"Los adverbios (terminados en -mente) son como el diente de león. Uno en el césped tiene gracia, queda bonito, pero, como no lo arranques, al día siguiente encontrarás cinco, al otro cincuenta... y a partir de ahí, amigos míos, tendréis el césped «completamente», «avasalladoramente» cubierto de diente de león. Entonces los veréis como lo que son: malas hierbas, pero entonces, ¡ay!, entonces será demasiado tarde".


"Los adverbios de modo terminados en -mente son un vicio empobrecedor…  me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales".

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El otro día que encontré con un interesante apunte titulado "5 fascinantes curiosidades sobre escritores que debes conocer".

La curiosidad que más me llamó la atención fue la que describe "La guerra contra los adverbios" que tenía declarada Stephen King, y que da título a este apunte.

Decía el autor en La piedra de SísifoIsaac Belmar:
"En esta guerra a un lado del frente están los adverbios, al otro un héroe solitario o quizá no, Stephen King. El famoso escritor se suele proponer escribir 2.000 palabras cada día y hacerlo sin adverbios.
   «El camino hacia el infierno está plagado de adverbios y lo gritaré desde los tejados».

King le dice vehementemente a todo el que escucha que los adverbios son, probablemente, el mayor enemigo de la escritura".

Stephen King. Mientras escribo
Así que, en vista de tan categórica afirmación, he decidido explorar un poco el tema.

El propio Stephen King ha tenido a bien, costumbre no muy extendida entre los escritores, dejar escrito un libro sobre su quehacer creativo.  
Mientras escribo contiene en su prólogo una admirable declaración de intenciones:
He escrito un libro corto porque a la mayoría de los libros sobre la escritura les sobra paja y tonterías. Los narradores no tenemos una idea muy clara de lo que hacemos. Cuando es bueno no suelen saber por qué y cuando es malo, tampoco. He supuesto que a menos páginas, menos paja. 
Cualquier aspirante a escritor debería leer The Elements of Style, de William Strunk Jr. y E. B. White. La regla número 13 del capítulo Fundamentos de la redacción dice: Omitir palabras innecesarias. Voy a intentarlo.
Y uno de los consejos que da es: desconfía del adverbio.

Y se explica:
Recordarás, por las clases de lengua, que el adverbio es una palabra que modifica un verbo, adjetivo u otro adverbio. Son las que acaban en -mente.
Ocurre con los adverbios como con la voz pasiva, que parecen hechos a la medida del escritor tímido.
Mediante los adverbios, lo habitual es que el escritor nos diga que tiene miedo de no expresarse con claridad y de no transmitir el argumento o imagen que tenía en la cabeza.
El autor de El Resplandor dice que debemos evitar a toda costa expresiones como “dijo lastimosamente”, “exclamó valientemente”, “dijo despectivamente”, etc. 
Si tenemos que expresar cómo está hablando el personaje, es porque estamos haciendo una pobre descripción o que el diálogo no es lo suficientemente claro.

Y pone un ejemplo muy clarificador, por las dudas:
Examinemos la frase «cerró firmemente la puerta». 

Reconozco que no es del todo mala (al menos tiene la ventaja de un verbo en voz activa), pero pregúntate si es imprescindible el «firmemente».
Me dirás que expresa un grado de diferencia entre «cerró la puerta» y «dio un portazo», y no es que vaya a discutírtelo...pero ¿y el contexto? ¿Qué decir de toda la prosa esclarecedora (y hasta emocionante) que precedía a «cerró firmemente la puerta»?
¿No debería informarnos de cómo la cerró? Y, si es verdad que nos informan de ello las frases anteriores, ¿no es superflua la palabra «firmemente»? ¿No es redundante?
Ya oigo a alguien acusándome de pesado. Lo niego. Creo que de adverbios está empedrado el infierno, y estoy dispuesto a vocearlo desde los tejados.
Dicho de otro modo: son como el diente de león. Uno en el césped tiene gracia, queda bonito, pero, como no lo arranques, al día siguiente encontrarás cinco, al otro cincuenta... y a partir de ahí, amigos míos, tendréis el césped «completamente», «avasalladoramente» cubierto de diente de león. Entonces los veréis como lo que son: malas hierbas, pero entonces, ¡ay!, entonces será demasiado tarde.
 Si queréis más ejemplos, en la página 79 (y ss.) del pdf con la obra de King los tenéis.

Pero es que Stephen King no era el único enemigo declarado de los adverbios.


García Márquez también tenía su opinión al respecto.Gabriel García Márquez
En una entrevista para Los Angeles Times, asegura que, para mejorar su escritura, ha eliminado los adverbios terminados en -mente:
– Antes de Crónica de una Muerte Anunciada hay muchos. En Crónica creo que hay sólo uno. En Amor en los tiempos del cólera, no hay ninguno. 
En español, el adverbio -mente es una solución demasidado fácil. Si quieres usar un adverbio terminado en -mente y buscas otra palabra, siempre es mejor. Se ha vuelto tan natural para mí que lo hago sin darme cuenta.

Y en sus memorias, Vivir para contarla, vuelve a la carga:
"Me propuse un cambio de fondo a partir de mi cuento siguiente. La práctica terminó por convencerme de que los adverbios de modo terminados en -mente son un vicio empobrecedor.
Así que empecé a castigarlos donde me salían al paso, y cada vez me convencía más de que aquella obsesión me obligaba a encontrar formas más ricas y expresivas.
Hace mucho tiempo que en mis libros no hay ninguno, salvo en alguna cita textual. No sé, por supuesto, si mis traductores han detectado y contraído también, por razones de su oficio, esa paranoia de estilo".
En otra ocasión, al hablar sobre gramática, apostilló:
…en mis últimos seis libros no he usado un sólo adverbio de modo terminado en mente, porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales.

No malinterpreten a King o a García Márquez. El Manual de la Nueva Gramática de la lengua Española (de 2009) no dice que su uso sea incorrecto. Es más, en su apartado 30.7.2b aclara que
Los adverbios de manera orientados al objeto indican el modo en que la acción afecta al complemento de algunos predicados. Así, el adverbio mortalmente en Lo hirieron mortalmente indica una manera de herir, pero informa también de cierto cambio de estado en el que recibió la herida, y no de una situación del que la causó.
Tanto King como Gabo se refieren a cuestiones estilísticas con las que se puede, o no, estar de acuerdo. 
Y, de hecho, muchos son lo autores en castellano que han usado "brillantemente" este tipo de adverbios: desde Alfonso X hasta Fray Luis de LeónMoratínValle-InclánJuan Ramón Jiménez

No me resito a citar la primera frase de la primera gran obra en lengua castellana: el Cantar de Mío Cid:
De los sos ojos tan fuertemientre llorando

Pero sigamos con el uso de los adverbios terminados en -mente, pero esta vez en referencia al lenguaje periodístico. Por desgracia, quedan pocos Larra o Blasco Ibáñez entre nuestros periodistas. Y el "nivel" narrativo de este gremio ha conseguido comenzar a excavar cuando parecía imposible caer más bajo.

Decía Darío Gallo, ahora editor jefe del diario Clarín:
No hay periodista que quiera impresionar con su escritura que no le meta adverbio terminado en mente a párrafo que se le cruce
Como por lo general están puestos para exagerar, para maquillar una prosa frágil, se los puede quitar sin que afecten el sentido de la frase. En muchos casos son redundantes. Para demostrar cómo se intenta embaucar con los "mente", basta leer discursos políticos o declaraciones intencionadísimas.

Así que ya saben: huyan, como de la peste, de los adverbios terminados en -mente.

Y a modo de despedida, déjenme que les recomiende la lectura de bloGicamenteúnico blog contra los adverbios terminados "en mente" en la redacción periodística y de blogs.

Por desgracia, solo estuvo activo unos meses y está muerto desde 2006, pero solo su título ya merece todos mis respetos.

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Bibliografía:

338. EVITA ESTO CUANDO ESCRIBAS (AUNQUE SEA CORRECTO)





Un texto correcto también puede ser feo. Si tienes en cuenta estas diez pequeñas claves, tus textos serán más bellos y comprensibles

«Ocurre con los adverbios como con la voz pasiva, que parecen hechos a la medida del escritor tímido. Mediante los adverbios, lo habitual es que el escritor nos diga que tiene miedo de no expresarse con claridad y de no transmitir el argumento o imagen que tenía en la cabeza»
Stephen King

Cuando un autor pone su trabajo a merced de un CORRECTOR DE ESTILO, teme que este le cambie su estilo. No es para menos, dado el nombre que ha recibido la profesión. Pero un buen corrector de estilo debería respetar el estilo del autor, entendiendo por esto los rasgos que diferencian su escritura de la de otros y la hacen reconocible.
Entonces, ¿QUÉ CORRIGE UN CORRECTOR DE ESTILO? Resumiendo mucho, hay dos tipos de correcciones. La primera, llamada CORRECCIÓN ORTOTIPOGRÁFICA, corrección de pruebas o corrección de textos a secas, simplemente «limpia» el texto eliminando los errores. Tras una corrección de pruebas, el texto será correcto, pero puede seguir siendo malo.

Para que el texto además gane calidad (sea más comprensible y más bello), hace falta una CORRECCIÓN DE ESTILO. Esta lleva más tiempo y es más costosa. Soluciona temas como el orden de las palabras en las frases, las repeticiones, el uso adecuado de las palabras según su significado, la homogeneización de términos, la puntuación… Puede tener distintas profundidades (este nivel de intervención lo acuerda el corrector con la persona que le hace el encargo).

Así pues, las recomendaciones de hoy pertenecerían a una corrección de estilo. Quien quiera puede plagar su texto de estas expresiones, ya que este seguirá siendo correcto. Son solo sugerencias. Evitar en la medida de lo posible estas expresiones embellecerá un poco el escrito y lo hará más claro y directo.

1.       GERUNDIOS
Es mejor utilizar pocos. En primer lugar, porque tienen una sonoridad fea y abusar de ellos recarga el texto. En segundo lugar, porque muchas veces se utilizan mal, y en esos casos son, además de feos, incorrectos. Es el caso del llamado «gerundio de posterioridad», que indica una acción posterior al verbo principal: Trabajó toda la mañana en la oficina, yéndose después a casa.

2.       ADVERBIOS TERMINADOS EN –mente
En casi todos los libros de estilo se recomienda no abusar de los adverbios terminados en -mente. El escritor Stephen King asegura que son «el peor enemigo de la escritura». García Márquez decía que usar un adverbio terminado en –mente es «una solución demasiado fácil» y «un vicio empobrecedor». Cuando se busca una alternativa, esta siempre resulta mejor. En este post se habla largo y tendido sobre el tema: http://desequilibros.blogspot.com/2014/09/El-infierno-esta-plagado-de-adverbios-terminados-en-mente.html#.W4x2JuhKjcd

3.       SUCESIONES DE VERBOS EN INFINITIVO
Las perífrasis demasiado largas también ensucian los textos. Casi siempre es posible eliminar al menos uno de los verbos de la ristra. Por ejemplo, la frase «queremos intentar conseguir alcanzar la excelencia en el campo» puede ser sustituida por «intentamos alcanzar la excelencia en el campo», por «queremos conseguir la excelencia en el campo» o cualquier otra variante similar más concisa.

4.       FRASES LARGAS
La claridad del texto aumenta si las frases son cortas y siguen estructuras simples, sin muchas subordinadas. Cuanto más largas y complejas sean, más atención habrá que poner en el orden de sus partes para que sigan siendo comprensibles, ya que el objetivo debe ser poner las cosas fáciles al lector.

5.       PALABRAS-COMODÍN
Casi siempre que escribimos la palabra «cosa», esta podría ser sustituida por otra más adecuada. Lo mismo ocurre con el verbo «poner». Se trata de comodines, también llamados «palabras-baúl». Se caracterizan por abarcar muchos significados, pero a menudo tienen sinónimos más procedentes en cada caso concreto. Por ejemplo, en lugar de decir «poner la fibra óptica», podemos usar el verbo «instalar». En lugar de «poner atención», «prestar atención».

6.       MULETILLAS
Son palabras que no aportan nada al texto pero facilitan la tarea de enlazar unas partes con otras, de enfatizarlo, de finalizarlo… Casi siempre pueden omitirse o sustituirse por otras fórmulas. Son comprensibles en la lengua oral («o sea, «pues nada…), ya que hay menos tiempo para construir el discurso en la cabeza; pero deben evitarse sin miramientos en la escrita. Algunos ejemplos de muletillas comunes en el lenguaje escrito son las expresiones «y es que» o «como no podía ser de otra manera».

7.       TÓPICOS
Según el capítulo dedicado a la pobreza léxica en el libro Las 500 dudas más frecuentes del español, editado por el Instituto Cervantes, un tópico es una «expresión vulgar o trivial». Algunos tópicos bastante extendidos son los siguientes: «todas las opiniones son respetables», «rectificar es de sabios», «la vida hay que disfrutarla», «un marco incomparable», «las últimas tecnologías», «una forma diferente de hacer las cosas», «fiel reflejo», «espectáculo dantesco», «cese fulminante», «estrecha colaboración», «merecidas vacaciones»… Evítalos. Si piensas en una forma diferente de decir cada uno de ellos, tus textos serán más ricos.

8.       REDUNDANCIAS
Expresiones como «subir arriba», «bajar abajo», «entrar dentro» o «salir fuera» son correctas pero redundantes. Teniendo en cuenta que la recomendación general es eliminar todas las palabras superfluas de los textos a favor de la economía del lenguaje, las primeras que se deben tachar son las que repiten exactamente el significado de la palabra que tienen al lado.

9.       REPETICIONES
Repetir palabras es necesario para que los textos tengan coherencia, para que se entienda la relación entre unos párrafos y otros. Pero hay alternativas a las repeticiones que cumplen esta misma función y evitan que se abuse de un mismo término. Por ejemplo, podemos usar sinónimos, sustituirlas por pronombres o directamente suprimirlas (en el caso de que la frase permita una elipsis).

10.   EUFEMISMOS
Los eufemismos son correctos. Son formas atenuadas de referirse a una realidad, y es decisión del autor utilizarlos o no; o incluso optar por su contrario, el disfemismo (decir, por ejemplo, «estirar la pata» en lugar de «morir»). Los eufemismos, pues, son lícitos cuando son equivalentes a las palabras que sustituyen. Por ejemplo, decir «empleada del hogar» o decir «criada» es lo mismo. Pero son censurables cuando lo que hacen es disimular, ocultar o escamotear la realidad. Es el caso de eufemismos como «reajuste de plantillas», que siempre se refiere a la eliminación de puestos de trabajo y nunca a su ampliación, por lo que no es fiel al lenguaje: hace que las palabras dejen de tener el significado que les corresponde.

Caer en estos errores desenmascara a un escritor principiante. Aunque la lista de sugerencias de estilo a tener en cuenta sería interminable, tener en cuenta al menos estas hará que el texto gane calidad comparado con otro que solo sea correcto.


https://www.yorokobu.es/textos-mas-bellos/

https://valeriamemar.wordpress.com/2016/04/29/diez-cosas-que-debes-evitar-cuando-escribes/

jueves, 30 de agosto de 2018

337. Evocando a Pedro Mairal




Tu mirada azul
recorre la senda
que dibuja el cuerpo
de quien te espera
donde la noche
se estrella.

Sobre la alfombra
los almohadones brincan...
Rumor de almas.

Me zambullo en tu aliento
y emerjo en el océano de tus palabras
que desnudan mis anhelos
convocándome al riesgo
cada madrugada
que pasamos juntos
arropando estrellas.

martes, 7 de agosto de 2018

336. La llegada (A mi madre)




Al final del camino no hay ausencias.
Hay dolor y pedido de clemencia.
No existe ya el amor, tampoco el odio.
Un letargo mortal lo invade todo.
Al final del camino hay olvido;
una nube oscura se apodera del ser.
Quienes un día fuimos, ya no lo somos;
tal vez ni nuestros amigos nos vengan a ver.
Al final del camino no hay plegarias
que sofoquen el dolor de un cuerpo herido.
Persiste solo un alma abandonada
navegando en las aguas del delirio.
Al final del camino no hay rencores;
hay perdón por las cuitas del pasado.
El barranco es tan alto y empinado...
No se puede caer sin haberlo trepado.
Al final del camino hay mucho miedo.
La soledad se apodera de la mente.
Quien toca los umbrales de esa puerta
le teme más que a la propia muerte.
Al final del camino no hay litigios...
Se recorre, tranquilo, el puente negro
siempre y cuando en la vida has sido justo,
veraz, amoroso y dedicado...
Al final del camino nos esperan
quienes juntos compartimos una vida;
en el túnel de luz nos dan la mano
mientras abandonamos este cuerpo marchito.
¿Qué buscamos, sin cesar, con tanto ahínco?
Existe, solamente, un claro destino...
Es la recta final hacia donde vamos
para encontrarnos al final del camino.

335. Clase de cocina







Una foto en sepia,
la maestra niña
intenta dulzuras,
fomenta tibiezas.

Rostros de otros tiempos.
cariños guardados,
tejen las historias
de un ayer amado.

Chocolate, almíbar,
especias, ensayos;
batiendo el recuerdo
cual confite alado.

Entre las grageas
y flores de azúcar,
almas prisioneras
de olvido y de sombras.

¡Ay, juventud..! Jalea
que envuelve el pasado;
esencia de almendras;
fondant decorado...

¡Cómo no tenerte!
Volver a tu lado,
beber de tus flores,
morir en tus lazos.



334. Momentos




El viento enciende la piel
con sueños acorralados;
eclipsan la sensatez,
el deber ser, lo cotidiano.
Campanillas de emociones
suenan en el alma,
a destajo...
Los árboles guardan las voces
de un remolino turbado.
¡Qué decir de aquel sendero
hecho alfombra! Encaprichado...
que sostiene entre sus pliegues
algún secreto olvidado
de aquel que arriesga lo cierto
para volar en pedazos.
¿Piensas que tal vez se gana
o se pierde en este juego?
Nadie sopesa los costos...
Se vive...Se es feliz...
Se restaura
un mundo deshilachado...

333. El Himalaya



Macizo imponente,
límite majestuoso.
Detrás del hercúleo
se oculta otro mundo.

Diadema nevada
de picos filosos,
trasponen la niebla
perforando el cielo.

Escalar tus cumbres
varios han logrado.
Otros, en las rocas,
atrapados quedaron.

Miríadas de destellos,
el hielo en espejo
juega en las aristas
incendiando al viento.

Las nubes dormidas,
cual portal airoso,
cubren mil secretos
del techo del mundo.


332. Amigos




Trenes que llegan con el viento
y se van con las estrellas...
Montados en discusiones,
sinsentidos, algarabía.
Cada cual en su vagón
recorre su propia senda,
enmarañada en la nuestra
y compartiendo la vida.
Tejen las horas desnudas
con puntos de amor y tibieza.
Con su piedra pómez mágica
liman cualquier aspereza;
perfuman los sinsabores,
colorean la tristeza.

viernes, 3 de agosto de 2018

331. ¿QUÉ ES EL BUDISMO ZEN?



DEFINICIÓN DE ZEN
Zen es una escuela budista que surgió en India y se desarrolló en China con el nombre de chán. Se trata de una corriente muy popular en el mundo occidental, aunque el concepto incluye un abanico bastante amplio de prácticas y doctrinas.

Zen
El zen se basa en la búsqueda de la iluminación a través de técnicas que evitan los esquemas conceptuales. Originalmente, el budismo confiaba en una progresión de los distintos estados de meditación como camino a la elevación. Para el zen, existe un acceso directo y espontáneo al estado superior que precede al nirvana, sin la necesidad de experimentar los estados previos.

La escuela zen se centra en la meditación para lograr el despertar espiritual, diferenciándose de otras escuelas que dedican mucho tiempo al estudio de textos. Con su expansión a otras partes del mundo, el zen adquirió diversas influencias y sumó numerosas técnicas. Uno de los principales cambios se produjo con su auge en Japón.

En Occidente cada vez son más las personas que han optado de manera contundente por practicar el zen ya que han considerado que es la mejor herramienta que tienen al alcance de la mano para poder encontrar la paz, la relajación y la tranquilidad que necesitan en sus vidas.

Y es que dicha apuesta por el zen trae consigo un gran número de beneficios entre los que se encuentran los siguientes:
Se consigue mejorar de manera notable lo que es la coordinación entre las neuronas que tenemos en el cerebro.
Es un instrumento muy útil para todas aquellas personas que tienen enfermedades y dolores crónicos pues ejerce como mecanismo coadyuvante.
Logra mejorar el estado de ánimo.
Tiene la ventaja de que consigue que cualquier persona pueda mejorar de manera contundente lo que es su capacidad de concentración.
Permite que desconectemos por completo de nuestra vida y nos situemos en otro plano. De esta manera, dejaremos a un lado el estrés y apostaremos por la paz y la serenidad.


Una de las prácticas zen más usuales es la postura en posición del loto para meditar. La persona debe adoptar esta posición, mantener la espalda erguida y entrecerrar los ojos, mientras deja fluir sus pensamientos sin aferrarse a ninguno de ellos.

Es importante no sólo conseguir la postura adecuada sino también otros elementos que contribuirán a lograr la mencionada paz. Este sería el caso, por ejemplo, de la respiración, que tiene que ser lenta, suave y profunda.

Tanto la posición como la respiración correcta son dos elementos que se irán consiguiendo plenamente con el paso del tiempo. Por eso, los expertos en zen tienen claro que la principal clave para lograr que esta disciplina alcance los objetivos marcados es practicar mucho.

Otro método de los maestros zen se conoce como koan. Los koans son diálogos que promueven la reflexión a partir de una pregunta que no tiene sentido aparente (por ejemplo: ¿qué sonido hace la palma de una sola mano cuando aplaude?) y que obliga la concentración del practicante.

El jardín zen o karesansui, por último, es un espacio que contiene arena, rocas y otros elementos que ayudan a la meditación.


lunes, 16 de julio de 2018

330. Amigos





Miles de recuerdos
que compartimos juntos
las tareas en los grupos
es motivo del encuentro
de un amigo fiel.
Que supo comprender
lo que es avanzar,
y crecer para aprender.
Porque un amigo, es quien te dice todo
lo grande que tú puedes ser.
Entrega todo sin medir cuanto valemos
nos hace sonreír con su manera de servir.
Por tantas cosas, intercambiamos experiencias...
son aquellos sentimientos que dejamos escritos en el viento.
Dejamos fluir ahora el amor en cada quehacer que es lo que tú quisiste hacer. 
Sin pensar que nos ha atrapado el pulso del momento.
Camino a tu lado para darte una mano en nuestra profesión y te brindamos dedicación.
Así obramos el bien en cada corazón.
Para que brote de nosotros lo mejor es el amor y el olvido.
Ayudándonos a superar situaciones difíciles que pasamos todos.
Y los considero amigos para siempre.






Natalia Julieta Mandrile
Morteros, 16/07/2018

domingo, 15 de julio de 2018

329. Los nuevos lectores: la formación del lector literario

Los nuevos lectores: la formación del lector literario1

Pedro César Cerrillo Torremocha

(Universidad de Castilla La Mancha)

Martín Garzo se ha referido al lector como:


Alguien que... no busca un mayor conocimiento de sí mismo, o del mundo, sino [que se mueve]llevado por un movimiento de fascinación.2
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-nuevos-lectores-la-formacin-del-lector-literario-0/html/013fed66-82b2-11df-acc7-002185ce6064_4.html


Aunque nunca se ha leído tanto como ahora ni nunca han existido tantos lectores, leer no está de moda; al contrario, es una actividad muy poco valorada por la sociedad, por los medios de comunicación y, particularmente, por los jóvenes: a muchos adolescentes, de los que leen habitualmente, les da vergüenza reconocer ante sus amigos que son lectores. Por otro lado, históricamente, los grandes lectores han sido considerados como «tipos raros» o locos.

Cuando nos proponemos promover o animar la lectura, debemos recordar que leer no es un juego, sino una actividad cognitiva y comprensiva enormemente compleja, en la que intervienen el pensamiento y la memoria, así como los conocimientos previos del lector. Leer, una vez adquiridos los mecanismos que nos permiten enfrentarnos a una lectura, es querer leer, es decir, una actividad individual y voluntaria.


Lectores tradicionales y nuevos lectores

Los cambios en los modos de comunicación afectan también a la lectura y a la promoción de la misma, creándose nuevos espacios en unos tiempos que son diferentes, tiempos de globalización, multiculturalismo o inmigración. Todo esto puede provocarnos ciertas preguntas a las que, con dificultad, podemos encontrar respuesta: ¿está en crisis la cultura del libro? ¿Hay un solo tipo de lectura? ¿Los antiguos lectores se parecen a los nuevos lectores? ¿Debemos fomentar la lectura escolar, lectura obligatoria -a fin de cuentas-, siendo la lectura una actividad libre y voluntaria? ¿Es necesaria la literatura?

Lo que parece indiscutible es que la lectura tiene que asumir nuevos retos en estos tiempos que abren el tercer milenio; y esos retos van a exigir lectores capaces de responder a los mismos desde la libertad y la autonomía crítica que le confieren su condición de lectores competentes.

En cualquier caso, quizá tengamos que hablar ya de dos tipos de lectores:
  • 1. El lector tradicional, lector de libros, lector competente, lector literario que, además, se sirve de los nuevos modelos de lectura, como la lectura en internet, p. e.
  • 2. El lector nuevo, el consumidor fascinado por las nuevas tecnologías, enganchado a la red, que sólo lee en ella: información, divulgación, juegos, que se comunica con otros (chatea), pero que no es lector de libros, ni lo ha sido tampoco antes. Es un lector que tiene dificultad para discriminar mensajes y que, en ocasiones, no entiende algunos de ellos.

Este nuevo lector suele coincidir, además, con personas que no han tenido la experiencia de haber vivido la cultura oral que vivieron sus antepasados, es decir, son jóvenes. La cadena de la literatura oral se está rompiendo, o se ha roto ya irremediablemente en algunos géneros, como la lírica. Además, este nuevo lector tampoco ha participado, o lo ha hecho en menor medida que antaño, de la lectura en voz alta, de la memorización de poemas, del recitado y de la declamación, o del acto de contar una historia con sentido.

El intertexto lector3 del lector nuevo no va a acumular, por tanto, el mismo tipo de experiencias lectoras que hace unos cuantos años. Este lector va a tener experiencias lectoras que son consecuencia de un cierto uso del lenguaje escrito (textos escolares o álbumes ilustrados), por un lado; y, por otro, de unos especiales usos del lenguaje oral, de un nuevo lenguaje oral, dominado -sobre todo- por la televisión4. Pero no van a formar parte de su intertexto lector, de su experiencia lectora previa, ni las cantilenas infantiles, ni los cuentos populares (cuya práctica como narración oral se ha debilitado con el paso de los años y ante la presión de otras prácticas lúdicas infantiles), lo que es un problema importante para el crecimiento como personas de esos lectores. Piénsese que todas las culturas no necesitan libros en la misma medida; muchas de ellas, gracias a una rica tradición oral, han vivido sin los libros durante siglos; pero:


Cuando esa tradición oral se desmorona, y en algunas sociedades este fenómeno sucede con tanta rapidez que una tradición oral que se desvanece no es reemplazada a tiempo por libros, por relatos escritos, muchos niños quedan expuestos a crecer sin los cuentos. Y, esencialmente, aquello de lo cual no podemos prescindir es el cuento, sin importar si se encuentra escrito o se transmite oralmente.5



Y cuando, en no pocas ocasiones, los cuentos populares sí forman parte de esa experiencia lectora previa, ésta se ha producido a través del lenguaje de las imágenes. En relación con ello, y con la lucidez que le caracteriza, Carlos Fuentes se ha referido al «secuestro» de muchos cuentos maravillosos perpetrado por el cine:


Blancanieves, Cenicienta, La Bella Durmiente nos fueron secuestrados por Disney, convertidas en muñecas sin sexo, sin facciones, meros recortes de papel... Allí estaba la diferencia con los libros. La lectura nos permitía imaginar. El cine nos lo vedaba.6


Bien es cierto que, a veces, puede suceder lo contrario; el propio Fuentes afirma que El Mago de Oz, de Franz Baum, no es un gran libro y la película de Judy Garland es una gran película. Efectivamente, el cine no suele permitir al público hacer su propia interpretación, mientras que la lectura literaria, sí.


Tipos de lectura y lectura escolar

Hay muchos tipos de lectura, muchos de ellos instrumentales, pero la verdadera lectura es la voluntaria, la que no tiene ninguna finalidad más allá de ella misma. Las lecturas obligatorias, que son las lecturas escolares, hay que aceptarlas y realizarlas. (Incluyo en ellas, para no facilitar la dispersión, las lecturas de los clásicos y, en general, las lecturas canonizadas por el mundo de los mediadores adultos). Son lecturas igual de obligatorias que otras actividades y conocimientos escolares, e igual de obligatorias que otras normas o prescripciones de la vida social cotidiana. Son lecturas que exigen esfuerzo, disciplina, tiempo y dedicación. Presentadas con sinceridad y honestidad pueden ser aceptadas por los escolares, pero debemos demostrarles que esas lecturas serán importantes para ellos, para su vida, para su presente y para su futuro, al tiempo que les permitirán compartir con otras personas pensamientos o emociones, sueños o inquietudes. En cualquier caso, deberían ser lecturas seleccionadas con criterios y por méritos literarios y no por otros valores que pudieran contener; serán lecturas, además, adecuadas a la capacidad comprensiva e interpretativa de lector a quien se dirigen, que les ayuden a despertar la imaginación y a interpretar el mundo.

Pero dicho esto, también debemos saber que nos podemos encontrar con dos problemas: la necesaria convivencia de la lectura obligatoria y la lectura voluntaria, por un lado, algo que no siempre es posible lograr en el ámbito escolar y que es más difícil conforme avanzamos en el nivel educativo en que trabajamos. Y, por otro lado, la selección de esas lecturas obligatorias, de modo que se pueda producir una relación de empatía entre el lector (sobre todo el adolescente) y el libro prescrito. Y es que, en el ámbito escolar, la selección de lecturas literarias suele estar condicionada por el logro de objetivos académicos diferentes a la práctica lectora en sí misma, y, mucho más aún, a la adquisición de la competencia literaria. En una investigación sobre «Valores y lectura» que un equipo de mi universidad lleva a cabo desde el pasado año7, ya hemos podido comprobar que buena parte del aparato paratextual que acompaña a los textos seleccionados en los libros de Lenguaje de 4.º, 5.º y 6.º de Primaria, condiciona la lectura de los textos, orientándola hacia conceptos, ejemplos o conocimientos que son objetivo a cumplir en la lección en que aparecen incluidos.

No podemos olvidar, por mucho que obliguemos a una persona a leer, que la lectura tiene su base en la decisión personal de leer, libremente tomada por cada persona. Sería importante también reconocer que, en relación con la lectura, la responsabilidad prioritaria de la escuela8 es con los niños que «no saben leer», no con los niños que, sabiendo leer, no quieren leer. En todo caso, también debe ser responsabilidad de la escuela la competencia lectora -que sepan leer y comprender lo que leen- y la educación literaria, al menos en sus inicios, de los escolares, para lo que, previamente, es imprescindible el trabajo en lectura comprensiva.

Pero el hábito de la lectura voluntaria suele adquirirse en casa, no en la escuela, siendo una consecuencia de la voluntad de leer, que se ha podido reforzar con la práctica de la lectura en la familia. Lo más eficaz para que un niño lea es, probablemente, que vea leer: para él es un ejemplo ver leer a sus familiares adultos. En la creación de hábitos lectores estables estaría, en primera instancia, pues, la familia; pero, ¿leen los padres?, ¿se fomenta la lectura en el hogar?, ¿hay libros en los hogares españoles?

En segunda instancia, tras la familia, estaría la escuela, a la que la sociedad tiende, injustamente, a adjudicar toda la responsabilidad en la adquisición de hábitos lectores. Sobre la lectura en la escuela, Ana M.ª Machado dice que es:


El momento y el espacio de la salvación de la literatura, del posible descubrimiento y formación del futuro lector. Se multiplican así las iniciativas de apoyo a la producción editorial para esa área, las campañas de fomento a la lectura, los proyectos destinados a que los libros infantiles lleguen a la escuela. Nunca se ha hecho tanto en ese terreno.9



Y, sin embargo, al llegar a la adolescencia, muchos chicos suelen perder el hábito lector adquirido en la escuela, refugiándose, en el mejor de los casos, en la lectura «fácil», abandonando los libros y las lecturas literarias: una encuesta de la Fundación Bertelsman indicaba, hace poco, que el 55% de los escolares entre 6 y 12 años afirmaba que le gustaba leer, mientras que en los chicos entre 12 y 16 años esa cifra bajaba al 8%. En ello influyen varios motivos: culturales (los hábitos de ocio alternativo), cognitivos (las dificultades de comprensión o el esfuerzo excesivo que puede suponer el ejercicio lector) y educacionales (la falta de atención a la lectura comprensiva o la no diferenciación clara y precisa entre lectura obligatoria y lectura voluntaria). Sobre este último motivo, veamos el siguiente cuadro:

EN LA ESCUELAFUERA DE LA ESCUELA
1. Lectura instrumental, interesada1. Lectura no instrumental, improductiva
2. Lecturas con presencia del profesor2. Lecturas individuales e independientes
3. Lecturas literarias fragmentadas3. Lecturas literarias completas
PRESCRIPCIÓN LECTORA.NO PRESCRIPCIÓN LECTORA.
Lectura de la que se requieren respuestas a preguntas o superación de pruebas concretasLectura autónoma y crítica
Lecturas que tienen que ver con aspectos, problemas o asuntos del mundo realLecturas que facilitan la interpretación del mundo real o que ayudan a crear mundos nuevos imaginados

La escuela puede lograr que los niños piensen y asuman que leer es importante, pero difícilmente podrá conseguir que la lectura sea una alternativa de ocio para ellos (ni es su responsabilidad ni la sociedad debiera exigírsela). Además, la lectura escolar es una lectura lastrada por su inclusión en un área como la que representa la unión de «Lengua y Literatura» y por esa «prescripción lectora» antes mencionada, lo que la convierte en una lectura claramente instrumental: los escolares, que queremos que pronto y durante mucho tiempo sean lectores, deben enfrentarse a unos textos en los que se ejemplifican nociones y conceptos morfológicos, sintácticos y léxicos, o valores programados en el periodo educativo que corresponda, siempre en detrimento de los valores literarios de esos textos. No es extraño que esos escolares huyan de la lectura en cuanto ésta no es una actividad obligada para ellos. Sobre este asunto ya se expresó Lázaro Carreter hace muchos años:


El niño no se acerca al libro como al juego, al circo o al deporte; no existe entre sus apetencias. Antes bien, suele acoger la invitación al libro como una celada que lo apresará en el tedio. Porque sus primeros contactos con él [contacto oficiales -precisamos nosotros-] son de vencimiento de obstáculos; primero, el de descifrar los signos gráficos y el de relacionarlos con el significado del léxico y del discurso; después, el de la comprensión de los distintos saberes... Con el libro de texto, los muchachos, en rigor, no leen, sino que aprenden. No es raro que este esfuerzo les disuada del camino de la lectura [...] No creo apenas en el lector espontáneo; los que solemos tenernos por tales hallaremos en los orígenes de nuestra afición, si recapacitamos, estímulos y contagio.10



Aunque la escolaridad es la etapa lectora por excelencia, no debemos olvidar que la lectura en la escuela se practica con fines que van más allá de la mera lectura, para la que, por otro lado, no hay tiempo ni programado ni reservado, al menos por ahora.

A ello habría que añadir que en el contexto de la educación actual, que pretende preparar a los jóvenes para acceder a un mercado laboral inmediato y competitivo -es decir, una educación en la que se aprende «para algo concreto»-, la lectura tiene un valor exclusivamente instrumental, no prestándose la suficiente atención a la competencia lectora. Quizá sea necesario que, institucionalmente, la lectura se convierta en una cuestión nuclear del sistema educativo, que -ahora- parece atender solo a la adquisición de los mecanismos lectoescritores, olvidando el tratamiento que debe tener la lectura una vez finalizado ese momento.


El futuro del libro y el futuro de la lectura. Los nuevos lectores del siglo XXI

Sin lectores no habrá libros de ningún tipo, es obvio ¿no? No obstante, muchos estudiosos aseguran que no desaparecerá el formato de libro convencional y, por tanto, tampoco el lector tradicional de libros; y no me refiero sólo al lector de novelas, sino también al lector de ensayos, de poesía y, quizá también, de periódicos. Nadine Gordimer, la escritora surafricana, se ha referido, no hace mucho tiempo, al libro impreso y a su posible futuro frente al libro electrónico, afirmando que, a diferencia de los nuevos soportes de lectura: un libro se puede disfrutar sin depender de nada más que de nuestros ojos y nuestra feliz inteligencia.

El interés social y formativo que tiene la lectura lo marca la misma historia de la humanidad: desde que se inventó la imprenta a mediados del siglo XV, con la convulsión cultural que dicho invento conllevó, los libros y las diversas formas de lectura propiciaron una nueva manera de comunicar ideas, emociones, vivencias, sentimientos, experiencias o aventuras de unos hombres a otros, sean las que sean sus culturas, o sus lenguas, o sus religiones, o sus pensamientos, o las épocas en que viven o han vivido.

La sociedad del conocimiento, tan demandada en la actualidad como un objetivo a conseguir, debiera exigir la competencia lectora de todos sus ciudadanos; por eso, iniciado el siglo XXI, es más necesario que nunca un ciudadano lector, lector competente y crítico, que sea capaz de leer diferentes tipos de textos y de discriminar la abundante información que se le ofrece a diario en distintos soportes. Dice Gimeno Sacristán que:


La formación humana que tiene la lectura como instrumento de penetración en el legado cultural, si bien en un principio tuvo un carácter iniciático y minoritario, hoy se considera un bien digno para extender a todos los individuos, bien sea a través de las escuelas o por otros medios. Ser alfabetizado forma parte del derecho universal a la educación. El valor instrumental que la lectura tiene en la vida de las personas para participar en la sociedad del conocimiento la convierte en una condición de la ciudadanía y de la inclusión social.11



La mayoría de las encuestas de hábitos de lectura son muy generosas en su consideración de lectores, incluyendo como tales a individuos cuyas prácticas son muy esporádicas y cuyo dominio del lenguaje escrito resulta débil en exceso12. Aún así, esas mismas encuestas coinciden en señalar que, aún hoy, uno de cada dos españoles adultos no lee habitualmente. Por otro lado, los informes PISA de la OCDE de los años 2002 y 2004, realizados en 32 países, han señalado que casi un 20% de los escolares españoles llegan al final de la educación obligatoria con importantes problemas en su competencia lectora, problemas que, en la mayoría de los casos, están relacionados con su capacidad de comprensión lectora.

¿Podríamos hablar, entonces, de crisis de la lectura? Pues, probablemente, sí, aunque sea en unos momentos en que, como ya dijimos, se lee más que nunca. O, al menos hablaríamos de un nuevo analfabetismo, aparentemente menos peligroso que el analfabetismo funcional; podríamos llamarloneoanalfabetismo, extendido por todo el mundo desarrollado y protagonizado por esos nuevos lectores, fascinados por los nuevos soportes de lectura, que no son lectores literarios ni tampoco, en muchos casos, lectores competentes. Este neoanalfabetismo sólo podrá ser superado mediante una diferente consideración social de la lectura, que parta de las instituciones, que favorezca la lectura activa, libre y crítica, como primer e imprescindible paso para el ejercicio regular de la lectura literaria, y que sea capaz de atraer y seducir a los jóvenes frente al poder inmediato que tiene la cultura audiovisual, pese a su acriticismo y pasividad. ¿Cómo?
  • - Facilitando la creación de climas propicios para el ejercicio de la lectura y la práctica de actividades lectoras.
  • - Proporcionando materiales de lectura.
  • - Favoreciendo la práctica de la lectura voluntaria en el ámbito escolar.
  • - Valorando los esfuerzos de los profesores en la promoción de la lectura.
  • - Concienciando a la sociedad de la importancia de tener muchos ciudadanos lectores.
  • - Convenciendo a los padres de la importancia de la lectura en la formación integral de sus hijos.

El progresivo impacto de los medios de comunicación audiovisual, con la televisión a la cabeza de todos, no parece que sea la causa por la que muchas personas abandonan la práctica lectora en ese umbral antes referido que pasa de la infancia a la adolescencia. En todo caso, será una dificultad importante para la creación de «nuevos lectores».

El auge de los medios audiovisuales y la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación sí han favorecido un cierto cambio de modelo cultural, ya que hemos pasado de la supremacía de una cultura alfabética, textual e impresa a la de otra que se construye mediante imágenes audiovisuales; este cambio sí implica ciertas modificaciones en el uso del lenguaje y, sobre todo, en las capacidades de razonamiento, lo que -a su vez- podemos comprobar en los hábitos lectores de los más jóvenes y en sus habilidades para la lectura comprensiva.

Este cambio de modelo ha sido general en el conjunto de la sociedad -incluida la escuela-, que ofrece continuamente espectáculos y actividades, incluso informaciones, en donde prevalecen las imágenes y los iconos frente al texto escrito. La confirmación de ese cambio de modelo es, probablemente, el éxito de las televisiones, que obliga a una manera de percibir los mensajes, y por tanto de construir significados, diferente de la que es propia de la lectura literaria y, en general, de la lectura de casi cualquier texto escrito.

Pero las nuevas tecnologías no son neutras ni inocentes; «chatear», por ejemplo, no es sólo una forma de comunicación, sino que exige -no sé si impone- un nuevo lenguaje y, con él, un nuevo lector. Hay ya estudios13 que indican que la mayoría de usuarios de la red asegura «leer» rastreando, es decir, saltándose párrafos o bloques de información, realizando la lectura en pantalla y no imprimiéndola, haciendo cierta la afirmación de Georges Steiner nunca tanta información ha generado menos conocimiento14. No podemos confundirnos: la informática, internet particularmente, es una excepcional manera de democratizar el acceso a la información que hace posible, además, la adquisición de nuevos conocimientos, pero no deja de ser una lectura instrumental; como dice Ana M.ª Machado:


No es una forma de adquirir sabiduría. Para la transmisión de la sabiduría se exige otro proceso, en el que decidir no depende de una opción entre otras del menú, de una preferencia por «esto o aquello», sino de una comparación entre «esto y aquello», con análisis de argumentos, oposición de contrarios, complementación de divergencias, encadenamiento lógico que lleve a conclusiones, etc. Un proceso complejo, elaborado a partir de la absorción de experiencias ajenas y la convivencia con el otro, mecanismos propios del lenguaje narrativo, del lenguaje poético y del lenguaje expositivo, y hasta de la retórica. Un proceso construido con el contacto con la literatura y la filosofía. Con textos capaces de emocionar estéticamente, de discutir valores y llevar a opciones morales.15



Ese continuo análisis, esa complementación, esa sucesión de conclusiones, ese proceso complejo de que habla Ana M.ª Machado es, a fin de cuentas, lo que provoca la dificultad de la lectura frente a otras actividades de ocio más pasivas lo que, para muchos lectores, es un freno para acceder regularmente a ella:


Utilizamos más megabytes cerebrales cuando leemos una novela que cuando miramos un vídeo o jugamos una partida por computadora. Por ejemplo, puedo seguir con facilidad la trama de una película mientras «dejo vagar» mis pensamientos. Cuando estoy leyendo es diferente. El libro tiene una tendencia a monopolizar la atención y si no es así, solemos dejarlo de lado. Cuando leemos, creamos nuestras propias imágenes... Leer es un acto más activo, creativo y autosatisfactorio que mirar una película.16



Leer obliga a imaginar, es decir a crear tus propias imágenes sobre un suceso, un paisaje, un episodio o un personaje que hemos leído. Quisiera recordar aquí un hecho que ya es historia y que se refiere a esta idea de los nuevos lectores: la irrupción de un nuevo público lector que tuvo lugar tras la invención de la imprenta. Surgió entonces una nueva fórmula editorial, el pliego suelto (una hoja de papel doblada dos veces formando ocho páginas) que obligaba a la edición de textos muy breves y de fácil difusión popular: sucesos notables, canciones tradicionales o pequeños textos teatrales, y que tuvo su continuación, ya en los siglos XVIII y XIX, en otra fórmula: la de aucas y aleluyas, en este caso con el refuerzo de imágenes. La gran difusión alcanzada por los pliegos sueltos favoreció la presencia de la cultura escrita en la vida cotidiana, por un lado, y, por otro, el acceso a ella de gentes escasamente alfabetizadas. Al respecto, dice Roger Chartier:


Al crear un nuevo público gracias a la circulación de los textos en todos los estamentos sociales, los pliegos sueltos contribuyeron a la construcción de la división entre el «vulgo» y el «discreto lector». Cierto es que la categoría de «vulgo» no designaba, ni inmediata ni exclusivamente, a un público «popular» en el sentido estrictamente social del término. Mediante una dicotomía retórica que encontró su expresión más contundente en la fórmula del doble prólogo -uno para el vulgo y otro para el «discreto lector»-, lo importante era descalificar a los lectores desprovistos de juicio estético y competencia literaria.17



No olvidemos que en la Edad de Oro, el «vulgo» era el principal destinatario del mercado del pliego suelto, como lo era también de las representaciones teatrales.

Salvando las distancias, muchos de los nuevos lectores del siglo XXI se aproximarán bastante a ese concepto de «vulgo», por su falta de competencia literaria y de juicio estético, incluso, en más ocasiones de las deseadas, por algo más básico: su falta de competencia lectora. Muchos de ellos serán lectores con experiencias infantiles marcadas por la televisión, los juegos electrónicos, el juego solitario, las historias de Disney, la carencia de espacios abiertos en la calle o la práctica de la lectura instrumental, pero que no habrán tenido la experiencia de que les hayan contado cuentos en sus primeros años de vida, ni la de haber practicado juegos que llevan aparejadas retahílas o cantilenas; serán lectores sin el bagaje de lecturas emblemáticas para los inicios lectores de las personas: cuentos maravillosos, relatos de aventuras o clásicos iniciáticos (El guardián entre el centeno, La isla del tesoro, Gulliver, Robinson Crusoe, Peter Pan, Ratón Pérez), lecturas literarias que son, sin duda, una manera privilegiada de relacionarse con las cosas y con el mundo que nos rodea en esos momentos de la infancia y la adolescencia.


La formación del lector literario: hacia una nueva educación literaria

En el conjunto de la educación del hombre en una sociedad como la nuestra, dominada por la moderna tecnología y los medios de comunicación, qué papel cumple la literatura. Muñoz Molina18 ha dicho que la literatura es un «lujo de primera necesidad», y es que la función estética de la literatura no es algo banal o accesorio, sino esencial, porque hace posible un conocimiento crítico del mundo y de la persona. Aunque han sido muchas las propuestas de interpretación de la naturaleza de la literatura, algunas de las realizadas en los últimos años han coincidido al afirmar el valor educativo de la literatura, considerándola una vía privilegiada para acceder al conocimiento cultural y, con él, a la identidad propia de una comunidad.

La literatura, como conjunto de historias, poemas, tradiciones, dramas, reflexiones, tragedias, pensamientos, relatos, comedias o farsas, hace posible la representación de nuestra identidad cultural a través del tiempo, registrando -al mismo tiempo- la interpretación que nuestra colectividad ha hecho del mundo, permitiéndonos escuchar las voces del pasado y conocer los progresos, las contradicciones, las percepciones, los sentimientos, los sufrimientos, las emociones o los gustos de la sociedad y de los hombres en las diferentes épocas: la literatura nos ha permitido comprender por qué en el siglo XIV el Arcipreste de Hita escribía en primera persona picantes aventuras de amor impropias de su condición de clérigo; o las razones por las que el talento narrativo de Cervantes no fue reconocido por la sociedad de su época, en la que el prestigio, la popularidad y el dinero, en literatura, lo daban la poesía y el teatro, y no la novela; o por qué los románticos reivindicaron con fuerza las tradiciones nacionales; o por qué la sociedad española de la segunda mitad del XIX se sintió fascinada por los avances científicos de la Europa de la época (la fotografía, la máquina de vapor o el ferrocarril), propiciando un primer y tímido desarrollo industrial; o la función social que desempeñaron Unamuno y sus coetáneos generacionales al denunciar el estado de crisis espiritual e ideológica de la España del 98.

El proceso de construcción del sentido que se produce en la comunicación literaria se corresponde y, al mismo tiempo, coincide con el proceso de construcción de la personalidad, porque en los dos casos se trata de construir sentidos que proporcionen marcos de referencia para interpretar el mundo.19

Sobre la incuestionabilidad del papel educativo de la literatura y de su función social, Darío Villanueva ha señalado que puede desempeñar un papel insustituible para la recta formación de los ciudadanos en el sentido «plural y democrático», pero al preguntarse con qué método y a partir de qué teorías, indica que:


Quizá el método inmediato y urgente que debe ser rescatado para la enseñanza de la literatura sea el de la lectura: aprender a leer literariamente otra vez. Porque paradójicamente esa competencia se está perdiendo...20



Al margen de las teorías de la literatura, en los últimos años se han resaltado los valores de la enseñanza de la literatura desde posturas más generales y menos especializadas (Daniel Pennac en Como una novela) y desde posturas meramente escolares (Gianni Rodari en Gramática de la fantasía).

Para los actuales paradigmas educativos, así como para las modernas corrientes de crítica literaria (teoría de la recepción, intertextualidad o semiótica), los planteamientos historicistas de la enseñanza de la literatura resultan demasiado limitados. Probablemente, lo que hoy se necesite, más que enseñar literatura -de acuerdo al concepto tradicional referido-, sea enseñar a apreciar la literatura, o, en todo caso, poner a los alumnos en disposición de poder apreciarla y valorarla. Por esa razón, los planteamientos didácticos de la disciplina exigen también cambios, porque no es lo mismo formar al alumno para que pueda apreciar y valorar las obras literarias (receptiva e interpretativamente), que transmitirle una serie de conocimientos sobre las obras literarias y sobre sus autores.

Si estamos convencidos del papel de la literatura en el desarrollo completo de las capacidades de la persona, admitiremos que los textos literarios son hoy más necesarios que nunca, aunque sólo sea para contrarrestar los efectos inmediatos que tienen los modernos medios de comunicación, que, como dice Sánchez Corral:


Por su naturaleza transmisiva unidireccional, conducen a una pérdida de la subjetividad del individuo, a una pasividad en el proceso de recepción.21



En la enseñanza/aprendizaje de la literatura (en la educación literaria), las teorías literarias formalistas y estructuralistas han sido desplazadas por los estudios que atienden a la totalidad del discurso, por un lado, y al receptor y a las condiciones en que se produce la comunicación literaria, por otro, imponiéndose así conceptos como el de competencia literaria, en el sentido de que el discurso literario exige una competencia específica para su descodificación, ya que usa un lenguaje especial, con capacidad connotativa y autonomía semántica. La competencia literaria implica toda la actividad cognitiva de la lectura y mide el nivel de eficiencia del lector ante cualquier texto.

Por ello, la enseñanza/aprendizaje de la literatura debiera tener unos objetivos que ayuden a cumplir el logro de esa competencia; habría que pasar decididamente de una enseñanza de la literatura que atendía, sobre todo, al conocimiento de movimientos, autores y obras, a una enseñanza que pretenda que el alumno aprenda a leer, a gozar con los libros y a valorarlos, es decir, a hacer posible la experiencia personal de la lectura, que, por su parte, conllevará un conocimiento cultural variado, un análisis del mundo interior y la capacidad para interpretar la realidad exterior.

Ya en 1974, en una encuesta sobre el lugar de la literatura en la educación, Dámaso Alonso señalaba que no hay mejor manera de enseñar literatura que la lectura directa de las obras, y que son muchas las experiencias lectoras que marcan la vida del hombre, desde la misma infancia:


No hay probablemente hombre que no reciba el hálito mágico de la literatura, verso y prosa: toca al niño ya en rimas y juegos infantiles; hasta el adulto analfabeto llega en canciones y coplas...22



Son experiencias lectoras naturales, que si se complementan con otras que, desde el ámbito escolar, se organicen de acuerdo al momento en que se van a producir, nos ayudarán en la no fácil tarea de formar adultos lectores, es decir, adultos con la competencia literaria adquirida, o en situación de poder llegar, fácilmente, a adquirirla.

Enseñar literatura -educar literariamente- es enseñar algo que, en sí mismo, es complejo y susceptible de variadas realizaciones y de múltiples interpretaciones; eso dificulta la adquisición de la competencia literaria, que debiera ser la base de educación literaria. La competencia literaria no es una capacidad innata del individuo, sino que es educable: se llega a adquirir con el aprendizaje, aunque dificultado por esa complejidad referida, que es una consecuencia de las implicaciones que para la recepción tienen numerosos aspectos que forman parte del propio hecho literario: la relación con el contexto, que la obra literaria sea oral o escrita, que pertenezca a un género literario o a otro, que se considere una obra canónica o clásica, etc.

La competencia literaria no es una medida estándar ni única; en ella intervienen factores variados: desde los lingüísticos a los psicológicos, pasando por factores sociales, históricos, culturales o, por supuesto, literarios; por ello, no es descabellado considerar el aprendizaje literario como la unión de una serie de factores que posibilitan la maduración personal, destacando, por sí misma, la experiencia lectora, entendiendo como tal también la que se produce en la etapa anterior al aprendizaje de la lectoescritura, en la que la literatura oral aporta una experiencia literaria que ayuda a formar un imaginario personal en el niño prelector. La experiencia lectora, con su acumulación de lecturas, es la que hace posible la competencia literaria. Mendoza considera que el intertexto lector aporta un nuevo concepto para orientar la formación del lector hacia un conocimiento significativo de la literatura:


[...] porque es el componente de la competencia literaria que establece las vinculaciones discursivas entre textos, necesarias para la pertinente interpretación personal. Es necesario ayudar a formar y desarrollar el intertexto lector del niño que comienza a leer, para que sus lecturas constituyan el fondo de conocimientos y, sobre todo, de experiencias literarias.23


En el aprendizaje literario escolar debemos recordar siempre que, tanto en la infancia como en la adolescencia, se dan niveles diferentes y progresivos en las capacidades de comprensión lectora y de recepción literaria; y, sin embargo, las primeras experiencias infantiles con el aprendizaje literario escolar no siempre se producen en las condiciones más propicias para favorecer ese aprendizaje: me refiero a la desconexión de esas primeras experiencias «oficiales» con las experiencias que el niño ya ha vivido y que forman parte de su pequeño «patrimonio literario». En los primeros años de vida, el niño aprende, escucha y practica canciones de cuna, juegos mímicos, oraciones, cuentos maravillosos, sencillas historias dialogadas o rimadas, canciones, etc., además de acceder directamente, con la ayuda de un mediador adulto cercano, a libros de imágenes y álbumes ilustrados. La primera selección de lecturas escolares debería tener en cuenta que en los cuentos maravillosos los niños encuentran que se reconocen en sus miedos, en sus deseos, en sus temores o en sus anhelos; de ahí, la importancia que tiene ese periodo que llamamos de la «prelectura», o las primeras lecturas en las que los adultos cuentan o leen en voz alta relatos y cuentos a los niños más pequeños. No olvidemos que, además, la Literatura Infantil y Juvenil hunde buena parte de sus raíces en el cuento tradicional.

La lectura literaria posibilita la construcción de un mundo imaginario propio, dando respuesta así a la necesidad de imaginar de las personas, que es una necesidad básica en las primeras edades, porque en la infancia aún no se tiene la experiencia vivida que tienen los adultos. Hoy, con la limitación de espacios y tiempo para el juego, lo niños no pueden aprender por la experiencia vivida todo lo que necesitan, por lo que requieren que esas carencias sean compensadas con conocimientos transmitidos o con un acceso asequible a la lectura que les permita captar ideas o sentimientos y con la que, sobre todo, desarrollen su imaginación, simulando situaciones o estados de ánimo, experimentando sensaciones, viajando figuradamente a otros mundos, algo que podrían darle también los cuentos maravillosos contados en voz alta por sus adultos más cercanos.

El soporte básico de muchos de esos primeros textos no es el significado, sino el aspecto lúdico que aportan el ritmo, las formas o la música del texto, que son, por otro lado, los elementos por los que los niños pueden reconocer las palabras como un lenguaje especial, que identifican con el lenguaje del juego. Como dice Sánchez Corral:


Una de las consecuencias generadas por la autonomía del discurso artístico es la posibilidad de experimentar el placer de las formas, el placer de jugar con las formas del lenguaje más que con sus contenidos, como sucede cuando la palabra queda a merced del niño y éste la usa, la maneja sin tener en cuenta los significados referenciales, con la sola finalidad de crear un clima propicio para que se desarrolle el juego en el que se dispone a participar.24


Estas experiencias iniciales son los primeros pasos del camino del aprendizaje literario, que deberían tener su continuación con las primeras experiencias literarias escolares, que suelen iniciarse con el acceso del niño al lenguaje escrito, lo que supone una fase nueva en su aprendizaje, ya que su experiencia literaria se ampliará con nuevas experiencias lectoras, la de los textos escritos. Aunque siempre con el horizonte diáfano de que no hay fórmulas mágicas para lograr que los niños lean más; como dice Martín Garzo:


A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda.25


La formación del lector literario debiera empezar en las primeras edades, en las que los mediadores seleccionarán las lecturas sin caer en la fácil tentación de elegirlas sólo por sus valores externos o por la información que nos transmiten algunos de sus paratextos (formato, cubierta, tipo de edición, editorial), sin tener en cuenta la historia que contienen y, sobre todo, la manera en que está contada esa historia: para que el camino recién iniciado en los nuevos lectores no se vea interrumpido es imprescindible que no les contemos historias aburridas, que no les impongamos las lecturas, que no frenemos sus motivaciones lectoras y que no les coartemos su capacidad para creer en cosas increíbles, para imaginar mundos maravillosos o para sentirse muy cerca de los más fantásticos personajes. Pero en ese camino es necesaria la buena convivencia de las lecturas escolares y de las lecturas voluntarias. La suma de las experiencias que se derivan de ambas lecturas ayudará a la formación del espíritu crítico del nuevo lector, porque, como muy bien dice Jacqueline de Romilly:


Se habrá acostumbrado a la diversidad de juicios posibles y al contraste de los distintos sentimientos; habrá tenido que elegir, que tomar posición [...] Se habrá visto obligado a formarse una opinión previa [...], ilustrada, madura, personal.26




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