¡BIENVENIDOS AL BLOG DEL TALLER LITERARIO DESPERTARES!

Bienvenidos al blog del TALLER LITERARIO DESPERTARES de la Biblioteca Popular "Cultura y Progreso" de Morteros, Córdoba, República Argentina.

Este blog se inicia el 14 de junio de 2011 para publicar los trabajos de los participantes del taller, que funciona en la Biblioteca Popular "Cultura y Progreso".

Ilustración de la cabecera: "El desván de la memoria" de José Manzanares, creador de sueños, artista plástico de Linares, Jaén, España.

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jueves, 20 de noviembre de 2025

535. Veía hasta las cosas más minúsculas de Raymond Carver (cuento)

 

Raymond Clevie Carver, Jr. (Clatskanie, Columbia, Oregon, Estados Unidos, 25 de mayo de 1938-Port Angeles, 2 de agosto de 1988) fue un cuentista y poeta estadounidense. Es considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX y de la literatura norteamericana.

Estaba en la cama cuando oí la verja. Escuché con atención. No oí nada más. Pero oí eso. Traté de despertar a Cliff. Estaba como un leño. Así que me levanté y fui hasta la ventana. Una gran luna descansaba sobre las montañas que rodeaban la ciudad. Era una luna blanca, cubierta de cicatrices. Hasta un imbécil podría ver una cara en ella.

  Había luminosidad suficiente, de modo que podía ver todas las cosas del jardín: las sillas campestres, el sauce, la cuerda de la ropa entre las barras, las petunias, las vallas, la verja abierta de par en par.

Pero nadie se movía allí afuera. No había sombras amenazadoras. Todo estaba bañado por la luz de la luna, y yo veía hasta las cosas más minúsculas. Las pinzas de la ropa, por ejemplo.

  Puse las manos en el cristal para tapar la luna. Me quedé mirando un poco más. Escuché. Luego me volví a la cama.

  Pero no conseguía dormirme. Daba vueltas en la cama. Pensaba en la verja abierta. Era como un reto.

  Era horrible escuchar la respiración de Cliff. Tenía la boca abierta y los brazos pegados a su pecho pálido. Ocupaba el lado de él y la mayor parte del mío.

  Lo empujé una y otra vez. Pero lo único que hizo fue gruñir.

  Seguí así un rato más, pero al final decidí que no tenía sentido. Me levanté y me puse las zapatillas. Fui a la cocina, hice té y me senté con él a la mesa. Fumé un cigarrillo de los de Cliff, sin filtro.

  Era tarde. No quería mirar la hora. Me tomé el té y fumé otro cigarrillo. Al cabo de un rato decidí salir y cerrar la verja.

  Así que cogí la bata.

  La luna lo iluminaba todo: casas y árboles, postes y tendido eléctrico, el mundo entero. Escudriñé el patio antes de salir del porche. Me llegó una ligera brisa que me obligó a cerrarme la bata.

  Empecé a andar hacia la verja.

  Se oía un ruido en las vallas que separaban nuestra casa de la de Sam Lawton. Miré con suma atención. Sam estaba apoyado con los brazos sobre su valla, en lugar de apoyarse sobre las dos. Se llevó el puño a la boca y lanzó una tos seca.

  —Buenas noches, Nancy —dijo Sam Lawton.

  Yo respondí:

  —Sam, me has asustado. —Pregunté—: ¿Qué haces levantado? ¿Has oído algo? Yo he oído cómo se abría mi verja.

  Él contestó:

  —No he oído nada. Ni he visto nada, tampoco. Habrá sido el viento.

  Estaba masticando algo. Miró la verja abierta y se encogió de hombros.

A la luz de la luna se le veía el pelo plateado. Lo tenía en punta, además. Podía ver su nariz larga, los rasgos de su cara grande y triste.

  Insistí:

  —¿Qué haces levantado, Sam? —Y me acerqué a la valla.

  —¿Quieres ver una cosa? —añadió.

  —Voy, espera.

  Salí y caminé por la acera. Era extraño andar por allí fuera en camisón y bata. Pensé para mis adentros que debía recordarlo luego: cómo recorrí así un trecho, fuera de casa.

Sam seguía atento a un costado de su casa con las perneras del pijama muy por encima de los zapatos marrones y blancos. Tenía una linterna en una mano y una lata de algo en la otra.

  Sam y Cliff habían sido amigos. Pero una noche se pusieron a beber. Y tuvieron unas palabras. Lo que vino después fue que Sam levantó una valla y Cliff otra.

  Fue después de que Sam perdiera a Millie, se casara otra vez y volviera a ser padre, todo en un abrir y cerrar de ojos. Millie había sido buena amiga mía hasta su muerte. Cuando murió sólo tenía cuarenta y cinco años. Un colapso. Le dio cuando entraba con el coche en el jardín. El coche siguió su marcha y llegó hasta el fondo del garaje.


 —Mira esto —dijo Sam, subiéndose las perneras del pijama y poniéndose en cuclillas. Enfocó el suelo con la linterna.

  Miré y vi una especie de gusanos que se retorcían sobre un espacio de tierra.

  —Babosas —aclaró Sam—. Les acabo de echar una dosis de esto —explicó, levantando una lata de algo que parecía Ajax—. Se están adueñando de todo —continuó, sin dejar de mascar lo que tenía en la boca. Volvió la cabeza hacia un lado y escupió algo, tal vez tabaco—. Tengo que seguir con esto; al menos darles batalla. —Dirigió la luz hacia un tarro lleno de aquellos bichos—. Les pongo cebo, y en cuanto tengo un momento vengo con este producto. Las muy putas están por todas partes. Un auténtico crimen es lo que pueden hacer. Mira ahí.

  Se incorporó. Me cogió del brazo y me llevó hasta los rosales. Me mostró los pequeños agujeros en las hojas.

—Babosas —repitió—. Mires donde mires de noche. Les pongo cebo y luego salgo y las atrapo —volvió a explicar—. Un invento horrible, las babosas. Las meto ahí en ese tarro. —Enfocó con la linterna debajo de los rosales.

  Pasó un avión. Imaginé la gente en sus asientos, con el cinturón abrochado, algunos leyendo, otros mirando por las ventanillas el suelo firme.

  —Sam —pregunté—. ¿Cómo están todos?

  —Muy bien —respondió, y se encogió de hombros.

  Siguió mascando lo que estuviera mascando.

  —¿Cómo está Clifford? —dijo.

  Contesté:

  —Igual que siempre.

  Sam dijo:

  —A veces, cuando salgo a cazar babosas, miro hacia vuestra vasa. Desearía que Cliff y yo volviéramos a ser amigos. Mira allí —se interrumpió, y respiró bruscamente—. Ahí tienes una. ¿La ves? Ahí mismo, donde estoy enfocando. —Había dirigido el haz de luz hacia la tierra, debajo del rosal—. Mira esto —señaló Sam.

  Me apreté los brazos bajo los pechos y me incliné hacia donde iluminaba la linterna. La cosa dejó de moverse y movió la cabeza de un lado a otro. Entonces Sam se acercó con la lata de polvo hasta situarse encima de ella, y empezó a espolvorear el suelo.

  —Bichos viscosos —dijo.

  La babosa se retorcía de un lado para otro. Luego se curvó y por fin se quedó estirada y rígida.

  Sam cogió una pala de juguete y recogió con ella la babosa y la echó dentro del tarro.

  —Abandono, ¿sabes? —comentó Sam—. Era necesario. Durante un tiempo las cosas estaban de tal forma que no sabía ni dónde tenía la mano derecha. Seguimos manteniendo las formas en casa, pero ya no hay nada que hacer por mi parte.

  Asentí con la cabeza. Me miró; se quedó mirándome.

  —Será mejor que vuelva a casa —dije.

  —Claro —asintió él—. Seguiré con lo que estoy haciendo y cuando termine me volveré a casa.

  Me despedí:

  —Buenas noches, Sam.

  Él dijo:

  —Espera. —Dejó de mascar. Con la lengua empujó lo que mascaba contra la cara interna del labio inferior—. Saluda a Cliff de mi parte.

  —Así lo haré, Sam.

  Sam se pasó la mano por el pelo plateado como si fuera a asentárselo de una vez por todas, y luego la movió en señal de despedida.

Una vez en el dormitorio, me quité la bata, la plegué y la dejé a mano. Sin mirar la hora, me cercioré de que el seguro del despertador quedaba hacia afuera. Luego me metí en la cama, me tapé con las mantas y cerré los ojos.

 Fue entonces cuando me acordé de que se me había olvidado cerrar la verja.

  Abrí los ojos y me quedé allí, acostada. Sacudí un poco a Cliff. Se aclaró la garganta. Tragó. Algo se le había atravesado y le gorgoteaba en el pecho.

  No sé. Me hizo pensar en aquellos bichos a los que Sam Lawton echaba el polvo de la lata.

  Pensé durante un instante en el mundo exterior a mi casa, y luego ya no tuve más pensamientos, salvo el de que tenía que darme prisa en conciliar el sueño.




En "De qué hablamos cuando hablamos de amor"


Raymond Clevie Carver, Jr. (Clatskanie, Columbia, Oregon, Estados Unidos, 25 de mayo de 1938-Port Ángeles, 2 de agosto de 1988) fue un cuentista y poeta estadounidense.[1]​ Es considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX y de la literatura norteamericana.[2]​

Su obra se caracteriza por relatos de corte minimalista, narrados con un estilo seco y simple, sin concesiones metafóricas,[3]​ en su mayoría ambientados en la región noroeste de los Estados Unidos y protagonizados por personajes de la clase trabajadora o media-baja.[2]​ Carver fue uno de los mayores exponentes del movimiento literario conocido como realismo sucio.[2]​

Biografía
💢Infancia
Raymond Clevie Carver, Jr. nació en Clatskanie, Oregón y creció en Yakima, Washington. Fue hijo de Ella Beatrice y de Clevie Raymond Carver. Su madre era una camarera; mientras que su padre trabajaba en un aserradero en Arkansas, además de ser pescador y alcohólico. Tuvo un hermano llamado James Franklin Carver, que nació en 1943.[4]​ Carver estudió en escuelas de Yakima, Washington. En su tiempo libre, leía principalmente novelas de Mickey Spillane o publicaciones del Sports Afield y del Outdoor Life; también cazaba y pescaba con sus amigos y familiares.

💢Carrera
Después de graduarse en 1956 Carver trabajó con su padre en un aserradero en el estado de California. En junio de 1957, a los 19 años, se casó con Maryann Burk, de 16 años, quien acababa de graduarse de una escuela episcopal privada para niñas. En diciembre de 1957 nació su primera hija: Christine La Rae. Un año después, nació su primer hijo: Vance Lindsay. Para mantener a su familia Carver trabajó como repartidor, conserje, asistente de biblioteca y en un aserradero, mientras que Maryann trabajaba como vendedora, mesera, asistente administrativa y maestra de inglés de escuela secundaria.[5]​

Carver se interesó en escribir mientras asistía a la Universidad Estatal de Chico, por lo que se inscribió en un curso de escritura creativa impartido por el novelista John Gardner, quien se convirtió en su mentor y tuvo una gran influencia en su vida y carrera. En 1961 apareció el primer cuento publicado por Carver: «The Furious Seasons»; el cuento tenía una fuerte influencia de William Faulkner. Carver continuó sus estudios con el escritor de cuentos Richard Cortez Day en la Universidad Estatal de Humboldt en Arcata, California. Durante este período se desempeñó como editor de Toyon, la revista literaria de la universidad, en la que publicó varias de sus propias historias bajo su propio nombre y bajo el seudónimo de «John Vale».

A mediados de 1960 Carver y su familia se mudaron a Sacramento, California, en donde el escritor trabajó brevemente en una librería antes de ocupar un puesto como conserje nocturno en un hospital. Dio clases en la Universidad Estatal de Sacramento y talleres con el poeta Dennis Schmitz. Carver y Schmitz pronto se hicieron amigos, y Carver escribió y publicó su primer libro de poemas («Near Klamath») con la ayuda de Schmitz.

En 1967, su cuento «¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?» apareció en la antología anual Best American Short Stories de la escritora Martha Foley. Tras un viaje a Israel en 1968, Carver se trasladó a San José, California, junto con su familia. En esa época Carver conoció a Gordon Lish, quien sería en el futuro su editor y quien trabajaba al otro lado de la calle de Carver. Después de la publicación de su cuento «Vecinos» en la revista Esquire gracias a Lish, Carver comenzó a enseñar en la Universidad de California en Santa Cruz. Para mantener a su esposa y a sus dos hijos, Carver aceptó trabajos temporales pobremente remunerados. Su primera colección de cuentos, «¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?», se publicó en 1976; la colección fue preseleccionada para el Premio Nacional del Libro.[6]​

💢Relación con Tess Gallagher
Después de haberle sido infiel a su esposa y de haber abusado físicamente de ella, Carver tuvo que ser hospitalizado tres veces entre junio de 1976 y febrero —o marzo— de 1977 debido a su alcoholismo, provocando daños irreparables en su primer matrimonio.[7]​[8]​[5]​ Carver comenzó entonces lo que él llamó su «segunda vida», por lo que dejó de beber el 2 de junio de 1977, con la ayuda de Alcohólicos Anónimos.[5]​ Si bien el escritor continuó fumando marihuana con regularidad y luego experimentó con la cocaína, Carver creía que habría muerto de alcoholismo a la edad de 40 años si no hubiera superado su consumo de alcohol antes de tiempo.

En noviembre de 1977 Carver conoció a la poeta Tess Gallagher en una conferencia de escritores en Dallas, estado de Texas. Gallagher recordó más tarde que se sintió «como si mi vida hasta entonces hubiera sido simplemente un ensayo para conocerla».[9]​ A partir de enero de 1979, Carver y Gallagher vivieron juntos en El Paso, estado de Texas, en una cabaña prestada cerca de Port Ángeles, estado de Washington y en Tucson, estado de Arizona. En 1980 los dos se mudaron a Siracusa, estado de Nueva York, en donde Gallagher fue nombrada coordinadora del programa de escritura creativa de la Universidad de Siracusa; Carver enseñó como profesor en el departamento de inglés. Él y Gallagher compraron conjuntamente una casa en Siracusa. En los años siguientes, la casa se hizo tan popular que la pareja tuvo que colgar un cartel afuera de la casa que decía: «Escritores trabajando», para que los dejaran tranquilos. Finalmente, en 1982, Carver y su primera esposa, Maryann, se divorciaron.[8]​

En 1988, seis semanas antes de su muerte, Carver y Gallagher se casaron en Reno, estado de Nevada.

💢Fallecimiento
El 2 de agosto de 1988 Carver murió en Port Ángeles, estado de Washington, de cáncer de pulmón a la edad de 50 años. Ese mismo año, fue admitido en la Academia Estadounidense de Artes y Letras.[10]​ Fue enterrado en el cementerio Ocean View en el mismo lugar en el que pereció.

Como indicaba el testamento de Carver, Gallagher asumió su patrimonio literario.[5]​

💢La polémica Lish
En 1998, diez años después de la muerte de Carver, un artículo en la The New York Times Magazine suscitó polémica al alegar que su editor Gordon Lish no solo dio consejos a Carver, sino que reescribió párrafos enteros de sus cuentos, hasta el punto de cambiar el final de ciertos de ellos innumerables veces. En el caso de los relatos del libro «De qué hablamos cuando hablamos de amor», Lish llegó a reducir a la mitad el número de palabras originales y reescribió 10 de los 13 finales de los cuentos del libro. Por ejemplo, el cuento «Diles a las mujeres que nos vamos», gana una dimensión más abstracta en manos de Lish, quien suprime las relaciones de causa y efecto que llevan a dos adultos a matar a dos adolescentes, y añade torpeza, profundidad y silencio donde antes había — según el autor del artículo— demasiadas palabras.

Es notable también el caso de «Parece una tontería» —cuento con el que Carver ganó el Premio O. Henry en 1983—. La versión original del relato sobre un niño en coma se ve reducida a la mitad, tiene el título cambiado a «El baño» y la muerte del niño al final de la versión de Carver se convierte en un final abierto, en donde el lector no sabe si el niño vive o no. «El baño» fue publicado en «De qué hablamos cuando hablamos de amor» (1981) y «Parece una tontería» vio la luz posteriormente en «Catedral» (1983).[11]​

💢Estilo
Los críticos asocian los escritos de Carver al minimalismo, y le consideran el padre de la citada corriente del «realismo sucio». En la época de su muerte, Carver era considerado un escritor de moda, un icono que América: «No podría darse el lujo de perder», según Richar Gottlieb —entonces editor del The New Yorker—. «Sin duda era su mejor cuentista, quizá el mejor del siglo junto a Chéjov», en palabras del escritor chileno Roberto Bolaño.

💢Obra
Cuentos
1976: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (Will You Please Be Quiet, Please?)
1977: Furious Seasons and Other Stories
1981: De qué hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk About When We Talk About Love)
1983: Catedral (Cathedral)
1988: Tres rosas amarillas (Elephant and Other Stories)[n. 1]​
2001: Si me necesitas, llámame (Call If You Need Me)[n. 2]​
2009: Principiantes (Beginners)[n. 3]​
Poesía
1968: Near Klamath
1970: Winter Insomnia
1976: At Night The Salmon Move
1985: Where Water Comes Together with Other Water
1986: Ultramarine
1989: Un sendero nuevo a la cascada (A New Path to the Waterfall)
Miscelánea
1983: Fires: Essays, Poems, Stories
1991: Sin heroísmos, por favor (No Heroics, Please: Uncollected Writings)
Antologías
1988: Where I'm Calling From: New and Selected Stories
1990: Carver Country. Con fotografías de Bob Adelman.
1993: Short Cuts: Vidas cruzadas (Short Cuts: Selected Stories)
1996: Todos nosotros (All of Us: The Collected Poems)
2009: Collected Stories
Guion cinematográfico
1985: Dostoyevski (en colaboración con Tess Gallagher)
Filmografía sobre Carver
1990: Jerry and Molly and Sam (adaptación del cuento homónimo, dirigida por Jonathan Sinaiko)
1993: Shortcuts (adaptación de nueve cuentos y un poema de Carver, dirigida por Robert Altman)
2004: Everything Goes (adaptación del cuento «Why Don't You Dance?», dirigida por Andrew Kotatko)
2006: Jindabyne (adaptación del cuento «So Much Water So Close to Home», dirigida por Ray Lawrence)
2014: Birdman (película en donde la obra de Carver tiene un peso en la trama, dirigida por Alejandro González Iñárritu)

jueves, 5 de septiembre de 2024

519. BIOGRAFÍA de FELISBERTO HERNÁNDEZ (1902-1964)

 




Felisberto Hernández



BIOGRAFÍA de FELISBERTO HERNÁNDEZ (1902-1964)

Felisberto Hernández nació en Montevideo, el 20 de octubre de 1902. Era hijo de Prudencio Hernández González y de Juana Hortensia Silva. Pasó su infancia en la casa que los abuelos paternos de Felisberto poseen en el Cerro. En 1908 tras escuchar a Bernardo de los Campos, un pianista ciego, decidió su vocación musical. Estudió en Escuela Artigas de Enseñanza Primaria. En 1915 conoció a un personaje que resultaría fundamental en su vida: Clemente Colling.

Empezó tempranamente a ganarse el sustento como pianista en varias salas de cine, debido a la mala situación financiera de la familia y también se dedicó a dar clases de piano.

En 1919 un viaje a Maldonado, a casa de su tía abuela Deolinda, le permitió conocer dos personas que serían importantes en su vida: Venus González Olaza, quien será su futuro editor y empresario; y también María Isabel Guerra, una maestra de quien se enamoró y con quien se casaría en 1925.

A partir de 1922 empezó a dar recitales. La compañía de Clemente Colling abarcó toda la cotidianeidad del joven pianista. No obstante, los otros miembros de la familia Hernández, que en un principio aceptaron al maestro como nuevo inquilino de su hogar se hastiaron del personaje poco social.

En 1925 publicó de Fulano de tal, costeada por un amigo del autor, José Rodríguez Riet. Tuvo su primera hija en 1926, pero la vida de giras de conciertos que llevaba le impidieron conocerla hasta los cuatro meses, y en ese mismo año murió Colling.

En 1927 dio su primer concierto en el Teatro Albéniz de Montevideo. En 1932 se unió profesionalmente al rapsoda Yamandú Rodríguez y presentaron un espectáculo en el Teatro París, de Buenos Aires.

Se divorció de su primera esposa y se enamoró de Amalia Nieto con quien se casó en 1937. El 8 de marzo nació su segunda hija, Ana María Hernández Nieto.

En 1939 ofreció un recital en el Teatro del Pueblo de Buenos Aires con notable éxito. A la vuelta a Uruguay fundó una librería, El Burrito Blanco, que fue un fracaso.

En 1942 la editorial González Panizza publicó Por los tiempos de Clemente Colling, por el que recibió un premio del Ministerio de Instrucción Pública, sin embargo su vida familiar se fue deteriorando en parte por la carestía económica que lo obligó a vender incluso el piano, lo cual fue definitivo para el abandono de la carrera musical para dedicarse de lleno a la literaria, impulsada por el premio del Salón Municipal de Montevideo. A partir de este año —y hasta 1956—, desempeñó tareas burocráticas en el departamento de Control de Radio de la Asociación Uruguaya de Autores. En 1946 una beca del gobierno de Francia le permitió viajar a París en octubre de este año. El 17 de diciembre Jules Supervielle lo presentó en el PEN Club de París, siempre leal a Felisberto, Jules Supervielle condujo a su amigo hasta las aulas de la Sorbona, donde éste leyó uno de sus relatos. Susana Soca editó en La Licorne el relato «El balcón»; y «El acomodador». En París conoció a María Luisa Las Heras, este romance se ampliará en Montevideo, donde la revista Escritura acababa de publicar otro de sus cuentos: «Mur». En 1949 contrajo matrimonio en Montevideo con María Luisa Las Heras y en la revista Escritura se publicó Las Hortensias. María Luisa era en realidad un espía soviética, pero se presume que Felisberto nunca se enteró, ya que él era ferviente anticomunistas, y poco tiempo después del matrimonio se divorciaron.

Su nuevo amor fue Reina Reyes, una profesora de pedagogía y escritora con quien inició un romance que duró hasta 1958, ella tuvo un papel decisivo ya que además de apoyarlo y de aceptar los vaivenes de su carácter, logró que lo admitieran como taquígrafo en la Imprenta Nacional y gestionó un permiso en el Ateneo montevideano para que pudiera tener acceso al piano de dicha institución, sin embargo Felisberto aprovechó que Reina fue hospitalizada tras un accidente, para mudar sus pertenencias y poco después se fue a vivir con María Dolores Roselló. Su salud se había ido deteriorando y sufría obesidad. En 1963 se le diagnosticó una leucemia, murió el 13 de enero de 1964. Su cuerpo, muy maltrecho y abotargado por la enfermedad, tuvo que ser evacuado por la ventana y tuvieron que ensanchar la sepultura para poder enterrarlo.

La vida de Felisberto Hernández estuvo llena de vicisitudes y pasiones y contradicciones, y del mismo modo su escritura fundó un nuevo modo, reconocido por escritores de la talla de Julio Cortázar, o Ítalo Calvino, quien escribió sobre Felisberto: "es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un “francotirador” que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas."


LA PELOTA [Minicuento - Texto completo.]  de Felisberto Hernández

https://ciudadseva.com/texto/la-pelota/

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita -pronto para correr- yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta de que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra. Y que no había más remedio que conformarse con esta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas “patadas” me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo.) En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.


Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración y después yo me fui quedando dormido.

1945

BIBLIOGRAFÍA

Fulano de Tal (1925)

Libro sin tapas (1929)

La cara de Ana (1930)

La envenenada (1931)

Por los tiempos de Clemente Colling (1942)

El caballo perdido (1943)

Nadie encendía las lámparas (1947)

Las hortensias (aparecida por primera vez en la revista uruguaya Escritura en 1949, publicada en 1950 por Editorial Lumen.)

Explicación falsa de mis cuentos ("manifiesto estético", aparecido en la revista La Licorne en 1955.)

La casa inundada (1960)

El cocodrilo (1962)

Tierras de la memoria (inconclusa, 1964)

ENLACES

https://www.escritores.org/biografias/172-felisberto-hernandez

http://www.felisberto.org.uy/

http://cvc.cervantes.es/actcult/fhernandez/default.htm

http://www.literatura.us/hernandez/index.html

http://www.elortiba.org/feliher.html

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/hndz/fh.htm

http://www.temakel.com/cuentofhernandez.htm

http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/felisber.html

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martes, 15 de agosto de 2023

509. AL ABRIGO, minicuento de Juan José Saer (argentino, 1937-2005)

 

Juan José Saer  (argentino, 1937-2005) 


Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón -muerte, olvido, fuga precipitada, embargo- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido -un diario, o lo que fuese-, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata desimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido. Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.

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Juan José Saer (Serodino, 28 de junio de 1937-París, 11 de junio de 2005) fue un escritor argentino, considerado uno de los más importantes de la literatura argentina, latinoamericana y de la literatura en idioma español del siglo XX.1​2​

Martín Kohan lo llamó «el escritor más relevante de Argentina después de Borges»,3​ y Beatriz Sarlo «el mejor escritor argentino de la segunda mitad del siglo XX».4​ En el 2007, la revista colombiana Semana confeccionó una lista de los mejores 100 libros en lengua castellana de los últimos 25 años, donde sus novelas El entenado (1983), La grande (2005) y Glosa (1986) fueron seleccionadas.5​ Su obra ha sido traducida a los idiomas francés, inglés, alemán, italiano, portugués, neerlandés, sueco, griego, checo y japonés, entre otros.

Biografía

Primeros años
Juan José Saer nació el 28 de junio de 1937 en Serodino, una localidad del departamento de Iriondo (provincia de Santa Fe, Argentina) ubicada a cuarenta kilómetros al noroeste de la ciudad de Rosario, donde pasó sus primeros años. Su familia era de origen extranjero: sus padres y sus abuelos eran inmigrantes sirios católicos, que se dedicaron al comercio. Su padre tuvo un almacén de ramos generales.6​7​

En 1948 su familia se trasladó a la ciudad de Santa Fe, donde concluyó su educación y se desempeñó algunos años como periodista, al mismo tiempo que tomó contacto con un grupo local de escritores, entre los que se encontraba el poeta Hugo Gola. A través de ello entabló amistad con el poeta entrerriano Juan L. Ortiz, a quien ya de adulto consideró un maestro y cuya obra influyó de manera decisiva en su escritura.

Trayectoria literaria
En su primer libro de cuentos, En la zona (1960), aunque son notorias las influencias borgeanas, ya se advierte, desde el título, la fijación de un espacio narrativo en el que se desarrollará la mayor parte de su obra, y que se anuncia en el último cuento del volumen, «Algo se aproxima». Dos años más tarde se trasladó a Colastiné Norte, un barrio costero alejado del centro de la ciudad, donde escribiría otros cuatro libros: las novelas Responso (1964) y La vuelta completa (1966), ambas de corte existencialista, y los cuentarios Palo y hueso (1965) y Unidad de lugar (1967). Al mismo tiempo, combinó la escritura con su actividad docente, enseñando Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica en la Universidad Nacional del Litoral.8​

Obtuvo una beca de la Alianza Francesa para ir a París en 1968.9​ En principio pensaba ir solo por seis meses, pero terminó quedándose de manera definitiva, aunque volvería a la Argentina con frecuencia. Retomó su actividad docente en la Universidad de Rennes, donde dictó clases de Literatura hasta su retiro en 2002. Allí conoció a Laurence Gueguen, quince años menor que él, y que terminaría siendo su segunda esposa y madre de su hija Clara, quien nació en 1980.10​

En la capital francesa comienza su madurez literaria, ya que a partir de allí publicaría sus obras más célebres. En 1969 apareció su novela Cicatrices, considerada por la crítica como su primera novela madura. Un año después nació su hijo Jerónimo (1970-2015), quien se destacó como músico y cineasta.11​12​ Después de trabajar en ella durante nueve años, en 1974 publicó la que se considera su novela más radical y compleja, El limonero real.13​

Los años siguientes fueron definidos por Saer como los más difíciles de su vida, en parte por un sentimiento de desarraigo y la situación política de Argentina en esos años, además de problemas personales, como el divorcio de su primera esposa y el traslado a Rennes, que lo mantuvo alejado de su hijo.10​ Durante este período publicó el libro de cuentos La mayor (1976) y un poemario, El arte de narrar (1977), que reeditaría con ampliaciones en 1988 y en 2000.

En 1980 publicó Nadie nada nunca, una suerte de policial en donde vuelve a experimentar con la recursividad de una narración contada desde distintos puntos de vista. Saer la escribió a lo largo de cuatro años en un aislamiento completo, y la definió como «una de mis novelas más experimentales».14​ Con esta obra le llegó el reconocimiento de la crítica, que convertiría a Saer en uno de los autores más destacados en la literatura en español.

Luego se distanció de la experimentación formal, volviendo a un tipo de narración más inteligible. En 1983 apareció El entenado, la primera de tres novelas que Saer llamó "de la llanura", y que transcurren en un tiempo alejado del resto de sus obras. Con esta obra le llegó también el reconocimiento del público, y al día de hoy sigue siendo una de sus novelas más leídas y estudiadas. Glosa (1985), considerada por algunos como su mejor novela, y que fue la favorita del autor, ya que "es el libro que más se parece a lo que quería hacer", según declaró.15​16​

En 1987 publicó La ocasión, otra novela histórica, esta vez situada en el siglo xix, con la que obtendría el Premio Nadal ese año, y en 1992 Lo imborrable, que retoma personajes que habían aparecido en novelas anteriores (La vuelta completa, Glosa). Por esa época apareció su "tratado imaginario" El río sin orillas, texto híbrido entre ficción, ensayo e historia sobre el Río de la Plata. Incursionó en el género policial con La pesquisa (1994), y tres años después apareció Las nubes, novela histórica escrita a partir de un manuscrito que encuentran los protagonistas del libro anterior. El mismo año lanzó El concepto de ficción, y en 1999, La narración-objeto, dos volúmenes de ensayos en los que, además de analizar la obra de otros autores, expone los fundamentos teóricos de su programa narrativo.

El cuentario Lugar (2000) fue el último libro que alcanzó a publicar en vida. Al año siguiente Seix Barral publicó sus Cuentos completos en orden inverso, desde los más recientes hasta los primeros, con cuatro relatos escritos en los años 60 y que hasta entonces no han figurado en libro. En 2004 recibió el Premio Konex de Platino en la categoría Novela: Quinquenio 1994-1998.

Fallecimiento y legado
Víctima de un cáncer de pulmón, Saer falleció en la ciudad de París el 11 de junio de 2005, a los 67 años, y fue sepultado en el cementerio del Père-Lachaise (nicho 25722).17​18​ Al momento de su muerte estaba escribiendo los últimos capítulos de su última y más extensa novela, La grande, que terminó publicándose póstumamente en el año 2005 junto con Trabajos, una colección de artículos literarios aparecidos en diversos diarios y revistas que Saer ya tenía lista para publicar. Además de esos títulos, entre 2012 y 2015 la editorial Seix Barral publicó una colección de textos inéditos de Saer bajo el título de Borradores inéditos, reunidos en cuatro volúmenes: los primeros dos de borradores y notas, el tercero de poemas y, el cuarto, de ensayos.19​20​ Con estos textos, según su editor Alberto Díaz, quedó publicada su obra completa.21​22​

En febrero de 2019, el municipio de Serodino en colaboración con el gobierno provincial recuperó la casa natal de Saer para convertirla en un centro cultural.23​24​25​
FIN

Obras
Ignorado durante gran parte de su vida, con un programa narrativo riguroso y solitario que lo hizo escribir de espaldas a fenómenos editoriales como el boom latinoamericano (al que desdeñó), la obra de Saer ha obtenido, a partir de los años ochenta sobre todo, el reconocimiento de la crítica especializada, tanto en Argentina como en Europa.8​

Su obra abarca doce novelas, cinco libros de cuentos, cuatro de ensayos y uno de poemas. La publicación de sus cuentos completos permitió incluir un sexto libro de relatos, armado para la ocasión con tres textos que habían aparecido en revistas o diarios y uno inédito.

Junto con Juan Carlos Onetti, Saer es el escritor rioplatense que más evidencia la influencia del escritor estadounidense William Faulkner, especialmente por la recurrencia de un grupo de personajes (Carlos Tomatis, Ángel Leto, Washington Noriega, el Matemático, etc.). Asimismo, Saer toma del estadounidense la prosa trabajada, de oraciones largas, y el trabajo con los puntos de vista, combinándolo con detalladas descripciones de los espacios y la acción narrativa. La fijación en los elementos del paisaje y la fijación con el espacio del Litoral es también influencia de sus lecturas poéticas, especialmente de Juan L. Ortiz, a quien Saer consideraba «el más grande poeta argentino del siglo XX».26​

El cine no se mantuvo ajeno a su actividad: además de desempeñarse como docente en el Instituto de Cinematografía de la Universidad del Litoral de Argentina, escribió dos guiones cinematográficos: Palo y hueso (1968), película dirigida por Nicolás Sarquis basada en un cuento suyo, y Las veredas de Saturno (1985), rodada por Hugo Santiago, esta vez en coautoría.27​

La siguiente lista contiene una breve sinopsis de cada uno de sus libros:
-En la zona (1960): primer volumen de cuentos de matiz decididamente borgeano: es la «canción de gesta de los cuchilleros», pero en torno a marginales del puerto santafesino. Ya se vislumbra sin embargo la ciudad como topos privilegiado de su narrativa. Saer renegó un poco de este libro y es cierto que es todavía inmaduro. Pero (señala la crítica) tiene el mérito de anunciar todo su «programa» en el último cuento del volumen, Algo se aproxima.
-Responso (1964): primera novela editada de la serie. Un bautismo de fuego bastante bien logrado, con un trabajo narrativo más bien clásico.
-Palo y hueso (1965): este segundo volumen de cuentos sigue todavía como laboratorio en la búsqueda de la forma propia. Un cuento, Por la vuelta, anticipa su segunda novela.
-La vuelta completa (1966): escrita entre 1961 y 1963, es la primera novela del autor y la segunda más extensa después de La grande. De filiación existencialista, a pesar de sus defectos de composición ya se percibe el estilo más tarde desarrollado por Saer en el trabajo con el tiempo y los puntos de vista de los dos narradores, que alcanzaría su punto más radical en El limonero real y Nadie nada nunca. Primera aparición del elenco estable de varias de sus novelas: Tomatis, Barco, Rosemberg, Rey, Leto, etc.
-Unidad de lugar (1967): primeros cuentos de madurez. Sobresale el cuento Sombras sobre vidrio esmerilado, uno de los más célebres del autor.
-Cicatrices (1969): cuatro historias narradas por cuatro protagonistas de cuatro capítulos diferentes que giran en torno a un hecho común: un obrero metalúrgico que mata a su esposa el día del trabajador. El telón de fondo de la historia lo constituye el fantasma del peronismo proscripto. La crítica la considera su primera novela madura.
-El limonero real (1974): ambientada en las afueras de Santa Fe, en el pueblo isleño de Colastiné, esta novela es quizás la más radical y compleja de su obra. Saer tardó nueve años en escribirla. La anécdota es mínima: se narran los sucesos del último día del año en la vida de unos isleños. La filiación con Joyce es clara y está trabajada de manera minuciosa.
-La mayor (1976): el relato que da título al volumen es el más radical de su obra. Prosigue, hasta fines insospechados, su experimentación con la anécdota mínima y una prosa que se sostiene solo por el ritmo. Los acontecimientos se borran de la trama narrativa. Diálogo polémico-poético con Proust. Sobresale también el cuento A medio borrar, que narra la partida de Pichón Garay de la ciudad durante una inundación.
-El arte de narrar: poemas, 1960/1975 (1977): único libro de poemas de Saer. El escritor agregaría poemas nuevos en sucesivas reediciones.
-Nadie nada nunca (1980): en la estela de las dos narraciones anteriores y también ambientada en Colastiné. Trabajado juego con los puntos de vista, se narra lo mismo, una y otra vez, desde la perspectiva de distintos personajes. La dictadura militar argentina es un telón de fondo discreto de la «acción» (porque en realidad no pasa casi nada) de la novela, en un ambiente enrarecido y oprimente. Publicada sin repercusión alguna el mismo año que Respiración artificial, primera novela de Ricardo Piglia, Nadie nada nunca es una de las cimas de la experimentación saeriana con la trama narrativa.
-El entenado (1983): primera de tres novelas "históricas", no por serlo en un sentido estricto del término sino por estar situadas en un tiempo lejano al que transcurren sus otras novelas. Ambientada durante la conquista de América, El entenado cuenta la historia de un grumete que vivió diez años entre los indios colastinés y volvió a Europa para escribir sus memorias. La prosa es impecable y, si bien se vuelve a un tipo de narración más inteligible, esta novela es un exquisito diálogo con los relatos de crónicas de viaje y, a su modo, constituye el mito de origen del espacio geográfico saeriano y, por ende, de su misma obra.
-Glosa (1986): Dos amigos, Ángel Leto y el Matemático, caminan durante veintiuna cuadras por una calle del centro de la ciudad y reconstruyen una fiesta de cumpleaños a la que ninguno de los dos asistió. Construida en relación con la estructura de El banquete de Platón, esta novela es una comedia genial sobre la memoria, el relato, el tiempo y la muerte. Algunos críticos la consideran su mejor novela, y el propio Saer la consideraba su favorita.
-La ocasión (1987). Con esta obra ganó el Premio Nadal: segunda novela ambientada en un tiempo pasado y desligada del marco principal de sus novelas, transcurre en la pampa argentina durante el siglo xix y la protagoniza un extranjero de origen difuso que se dedica al mentalismo. Refutado por los positivistas en París, Burton quiere demostrar la inferioridad de la materia respecto del poder del espíritu. La historia de su posible locura, mezclada con su obsesión por una mujer (metáfora del fracaso de su teoría), se entreverá con la historia del nacimiento de una nación.
El río sin orillas: tratado imaginario (1991): inclasificable obra, mezcla de ensayo, historia y novela. Su único parangón en la literatura argentina es, quizás, el Facundo de Sarmiento.
-Lo imborrable (1992): narrada por su personaje más famoso, Carlos Tomatis, esta novela es una suerte de monólogo lírico en el que se cuenta la salida de su protagonista a la vida luego de un largo período de depresión. Con el negro marco de la dictadura militar, la acción se desarrolla en 1981 y la novela constituye el cierre de una trilogía que comienza con La vuelta completa y continúa con Glosa (ambientadas las dos en el año 1961).
-La pesquisa (1994): la novela policial de Saer, esta obra tuvo un cierto éxito de ventas. De visita en la Argentina, Pichón Garay le relata a sus amigos el caso de un asesino serial que ataca a las ancianas en París.
-El concepto de ficción (1997): ensayos en los que Saer reflexiona sobre la obra de otros escritores, sobre nociones de crítica y teoría literaria y, más que nada, sobre su obsesión de siempre: la posibilidad de narrar.
-Las nubes (1997): tercera y última novela desgajada de su proyecto narrativo principal. Un manuscrito encontrado por los personajes de La pesquisa encierra la historia de una odisea por la pampa argentina protagonizada por unos enfermos mentales conducidos por un grupo de psiquiatras. Es el motivo, reincidente en la literatura argentina y en todas las literaturas, del viaje, que siempre se alegoriza para hablar sobre otros temas, en este caso retomando los tópicos de la novela anterior.
-La narración-objeto (1999): segundo libro de ensayos sobre literatura. Retoma temas y problemas ya desarrollados por Saer en El concepto de ficción, por lo que puede considerarse un complemento de aquel.
-Lugar (2000): último libro de cuentos de Saer. Este texto hubiera abierto, quizás, una nueva brecha en su recorrido narrativo, puesto que se vuelve a formas más elementales del relato y se sale del estricto marco espacial que delimitaba la narrativa saeriana. Sobresale un relato pseudo policial que es una continuación de La pesquisa.
-La grande (2005): la última novela de Saer es también la más extensa y ambiciosa. La acción transcurre a lo largo de una semana, día por día: el regreso del protagonista del cuento Tango del viudo a la ciudad, su reencuentro con su pasado y la organización de un asado en el que convergen por última vez los personajes del universo saeriano, conforman la trama de la novela. Summa literaria que cierra su ciclo novelístico, a pesar de ser un texto inconcluso.
-Trabajos (2005): artículos escritos para la prensa, con un formato breve y una gran condensación de ideas. Cierra el trabajo ensayístico de un escritor que, con mayor y con menor fortuna, se dedicó a opinar acerca de lo que más sabía: literatura.

lunes, 19 de junio de 2023

506. LA BODA cuento de Silvina Inocencia Ocampo (argentina, 1903-1993)

Silvina Ocampo (1903-1993)


LA BODA (Publicado en: Las invitadas, 1961)

¿Por qué me casé? Bien dicen «Casamiento y mortaja, del cielo bajan». Todo ocurrió por casualidad: muchas personas no lo creen. Estábamos sentados, Armando y yo, en los sillones de mimbre de la cocina, a las doce y media de la noche cuando llegó mi tía sombrero en mano. Tengo una cabellera enrulada, que me llega a la cintura; se había enredado al mimbre del sillón. Armando la desenredaba en ese momento y seguramente parecíamos novios. Por el color violeta de su cara sé que mi tía, al vernos juntos a Armando y a mí —a tales horas, la punta de mi cabellera en la mano de Armando arrodillado a mis pies, para colmo de mi desdicha—, sé que mi tía pensó cosas feas, aunque no dijo nada, porque hay que tragarse las cosas feas, según ella misma aconseja. ¿Qué iba a decir? Me quiere demasiado. Abrió la puerta de calle, extendió el brazo. La mano, el índice, indicando la salida a Armando, que se puso colorado. Tomó su abrigo, el pobre, y desapareció en la oscuridad del zaguán, sin decir «Adiós Filomena» como era su costumbre.

—Ahora se casarán —repitió mi tía, durante muchos días—. Ahora se casarán.

Armando y yo nos casamos. Nos casamos sin que yo lo deseara ni tratara de evitarlo. No me agradaba Armando, aunque tuviera buen porte, ojos grandes, tez morena y energía para el trabajo. Parecía, por más que no lo fuera, siempre sucio. Debajo de los puños de la camisa, entre las cejas, juntándoselas, adentro de su nariz y de sus orejas puntiagudas y en el nacimiento de cada uno de los dedos se le veía un vello negro.

—Los hombres tienen que ser peludos para ser hombres —decía Carmen.

El día de nuestro casamiento fue el más frío del año. Nos tocó casarnos en el mes de agosto. Temí que la helada se transformara en nieve aquella mañana y desbaratara de ese modo la fiesta que, después de todo, iba a ser lo más agradable de la boda.

En casa de mi tía, esperamos a Armando para ir juntos a la iglesia. No está bien que una novia espere al novio y no me gustó la cosa. Se hizo esperar: estaba en el consultorio del dentista arreglándose la nueva dentadura y, cuando llegó, a pesar de la demora, todos lo felicitaron por lo buen mozo que estaba y yo tuve que sonreír.

En la iglesia había otro casamiento lujoso, por eso el altar mayor estaba cubierto de flores blancas, de manteles con puntillas, que parecían trabajados a mano por las monjas, de cirios que reverberaban, lo que fue una suerte para nosotros. Después del casamiento, que duró lo que dura un lirio, a pesar de mi nerviosidad al contestar al cura si quería a Armando por esposo, nos esperaba la fiesta en la casa que habíamos alquilado: fiesta organizada por mis tíos, con mesas que parecían una sola, de cinco metros de largo, dispuesta en el centro del patio, con mantel blanco, flores blancas y toda clase de sándwiches, masas y empanadas en fuentes de cartón pintadas, y bebidas buenas, a más del chocolate espeso, que todo el mundo ponderó y bebió con preferencia.

Los regalos estaban ordenados en el dormitorio: una colcha con una enorme dalia en el centro; una fuente de plata con una cigüeña labrada; un salto de cama rojo con bordado azul Francia; un collar de perlas; una virgencita de Luján que sirve de velador; una frazada de pura lana; un florero divino alto, de cuello angosto, tallado para una sola flor, de esas de género; una bombonera de material plástico muy novedosa; un par de chinelas de quedarse boba.

Yo me sentía bastante alegre por la fiesta, si no pensaba que era la celebración de mi casamiento. Aquella noche debí de enfermar, pues al poco tiempo me llevaron al sanatorio, donde pasé un año, lejos de Armando. Cuando me dieron de alta y volví a mi casa, no podía creer a mis ojos. Armando me había preparado una serie de sorpresas: una máquina de coser, una radio y una bicicleta.

El médico me había prohibido hacer ejercicio y trabajar, eso era lo malo. Pero durante los primeros días me alegré mirando la bicicleta pintada de rojo. Armando me desagradaba siempre. Sus regalos no lo volvieron más simpático a mis ojos. Se me antojaba que era un bosque al mirar el vello de su pecho desnudo, o que era un mono, al verlo comer o vestirse por las mañanas, pero jamás el galán de cine que me seduce tanto.

Dormía con un cuchillo bajo el colchón, por si entraban ladrones de noche. Este detalle, lejos de tranquilizarme, me inquietaba. Un día, temprano, oí una gritería en la calle: había una pelea. Salí al patio, abrí la puerta y una señora enorme con uñas pintadas y una hija emperifollada, preguntó por mi marido.

—Venimos a buscarlo —dijo—. Ha seducido a mi hija. Está encinta.

Comprendí la verdad: Armando me había traicionado. No pude soportarlo. Pensé primero matar o hacer abortar a golpes a mi rival, después acuchillar o quemar a Armando echándole una lata de nafta encendida; después suicidarme, pero no hice nada, no dije nada. Una mujer enamorada no puede sobrevivir a un engaño. Varias personas me aconsejaron que abandonara a mi marido, pero yo no puedo hacerlo. Por ahora me quedaré con él, porque uno se enamora, después de todo, una sola vez en la vida, pero, si vuelvo a ver a esa desvergonzada, lo mataré o me suicidaré.

Publicado en: Las invitadas, 1961


ENTREVISTA A SILVINA OCAMPO PARA EL DIARIO "LA NACIÓN"

10 de mayo de 2020    hora: 00:56

Ir a notas de Hugo Beccacece https://www.lanacion.com.ar/autor/hugo-beccacece-736/

Hugo Beccacece

PARA LA NACION

Esta entrevista (una versión reducida de la original) se publicó en LA NACION el 28 de junio de 1987.

https://www.lanacion.com.ar/cultura/silvina-ocampo-llegue-40-50-segui-enamorandome-nid2362661/

Es una de las mujeres más seductoras del país y también una de sus escritoras más importantes. Es también la menor de las célebres hermanas Ocampo. La mayor, la legendaria Victoria, directora de Sur, fue la primera en ingresar en el mundo de las letras. Pero mientras Victoria se dedicó a rendir testimonio de la realidad, Silvina dio rienda suelta a una imaginación tan poderosa como original. Escribió libros de cuentos como La furia, Las invitadas e Informe del Cielo y del Infierno; obras de poesía como El viaje olvidado, Lo amargo por lo dulce y Poemas del amor desesperado. Convencerla para que conceda una entrevista es una tarea que debería encarar un corresponsal de guerra. Pero uno no tiene que eludir balas ni granadas, sino sus excusas, su deseo de estar sola, sus temores, su timidez. No quiere que nadie grabe lo que dice y le desagrada que se tomen notas. Quiere que todo sea lo más parecido posible a una conversación entre amigos. Uno no debe jugar al reportaje, sino a las visitas, cuidar los silencios para no quebrar el clima íntimo que ella sabe crear con sus anécdotas, sus reflexiones y también sus graciosas impertinencias.

–Uno de los temas favoritos en tu obra es el de las metamorfosis.

–Sí, siempre me fascinaron. He leído muchas veces el libro de Ovidio sobre las metamorfosis. ¿No te parece maravilloso que una cosa cambie y se transforme en otra? Yo acepto esos cambios. Hay gente que los rechaza. Yo no. Me gusta ver cómo una cosa se hace otra; tiene algo de monstruoso y de mágico. Además en la vida todos nos metamorfoseamos. ¡Qué palabra horrible! Cambian nuestras caras, nuestros sentimientos. En Mar del Plata, hace años, hice una escultura de arena muy hermosa. Era una mujer, de un estilo clásico. Me enamoré de esa escultura, sabía que el agua la iba a destruir en unas horas. Hubiera querido preservarla. Me gustaba tanto ver cómo la luz la transformaba. Era dorada por la mañana, casi blanca al mediodía, rosada al atardecer. Escribí un poema sobre ella, para que no desapareciera del todo. Pero no lo he publicado porque van a decir que el tema de la arena lo copié de Borges. Era él muy amigo mío y escribió tanto sobre cosas de arena. Pero mi poesía es anterior.

–¿Te gusta que la gente cambie?

–A veces, eso es terrible. Los seres que uno quiere son divinos cuando te aman, pero se convierten en monstruos cuando te dejan de querer y, sin embargo, no podés prescindir de ellos. Hubo mañanas en que me despertaba y, pensando en la persona que quería en ese momento, me preguntaba: "Pero ¿por qué tengo que seguir viviendo, por qué?". Son días en que uno no tiene fuerzas para nada, solo para llorar. Cuando me he enamorado, me he entregado por completo. He sido sincera y he esperado que los otros también lo fueran conmigo. Pero los otros nunca son sinceros, nunca terminás de conquistarlos; siempre se reservan algo que uno no imaginaba... Desde chica yo era muy imaginativa y me ilusionaba con las cosas y las personas, hacía planes. Y después nada era como yo había creído. Las desilusiones me gustaban, y me gustan, porque cuando algo resulta distinto, aun cuando se trate de una decepción, siento que me sumerjo en un mundo desconocido. La desilusión tiene eso de excitante: lo imprevisto.

–En muchos de tus cuentos se tiene la impresión de escuchar el tono de voz de una chica de diez años. ¿Por qué?

–La nena todavía vibra en mí. Sigo siendo una nena. Algunas personas dicen que los chicos no sufren. Quizás ahora no. Pero sí sufrían cuando yo era chica. Tenían que esconder lo que sentían. Un chico sensible se sentía inseguro porque todo estaba lleno de prohibiciones; porque en todas partes había trampas y uno siempre estaba expuesto al ridículo.

–¿Le temías a la gente?

–De chica, no me gustaba. Solo quería y me gustaban muy pocas personas. La gente siempre me ha perturbado. Cuando no me gusta, porque no me gusta; y cuando me gusta, porque me gusta, porque me encantaría estar siempre con ella, porque la extraño cuando no está. Recuerdo que me llevaban a comer a casa de mi abuela y me pedían que contara lo que me pasaba en la plaza. A mí me daba miedo hablar y que todos hicieran silencio para escucharme. Hablaba cuando todos hablaban, lo que decía se perdía en la confusión. Y cuando los demás se callaban, yo también me callaba. Si me decían: "¿Por qué no hablás?", yo respondía: "Pero si ya hablé". Y después seguía un largo silencio.

–¿Qué gente te gustaba?

–La gente vieja porque contaba cosas interesantes. Me gustaban mucho los viejos, los cuidaba, los atendía. A la casa de San Isidro iban muchos mendigos. A mí me encantaba servirles té con leche o café con leche; algo que tuviera leche con nata. La nata me parecía asquerosa. Pero me daba curiosidad ver cómo otros se tragaban la nata tan repugnante.

–¿Qué opinaba tu familia de esa pasión por los mendigos?

–No les gustaba. No querían que yo los atendiera. Pero yo lo hacía igual. La pobreza me parecía divina. En ese entonces, cerca de San Isidro, vivían muchos chicos pobres. A mí me parecían tan superiores a los que nos visitaban, mucho más divertidos que mis primas. Mis primas eran unas pavotas, unas inútiles. No sabían robar nada; no sabían juntar coquitos; estaban siempre impecables, no se movían para no desarreglarse. Los mendigos, en cambio, tenían unos pelos despeinados, unas crenchas espléndidas. Además esos chicos pobres estaban siempre quemados por el sol; tenían un color de piel tan lindo. Siempre me quedó la añoranza de la pobreza. Después crecí y me di cuenta de que la riqueza tiene sus ventajas. Pero la pobreza te da libertad: uno no teme perder nada, no está atado a nada.

–¿Cuáles son las ventajas de la riqueza?

–La haraganería. Poder pasarse horas sin hacer nada. De chica quería trabajar para parecerme a los pobres. De grande, trabajé mucho porque quería ser pintora. Yo creía que todos pintaban mejor que yo, después me di cuenta de que muchos de esos que yo creía grandes pintores pintaban peor que yo. En París estudié con De Chirico. Él me dijo que nunca sería una buena pintora. Pero pinté y dibujé mucho. En San Isidro hice retratos de toda la gente que vivía en el Bajo, de los pobres, de los guardabarreras, de los linyeras. Me había hecho amiga de todos ellos: los saludaba, los besaba. A mi familia le parecía muy mal que yo tuviera esas amistades. Tenían miedo de que robaran algo, de que me contagiaran una enfermedad, de que hicieran quién sabe qué cosa. Una vez, alguien de los míos me dijo: "No podés tener ese trato con esta gente. Así nunca vas a lograr que te respeten". Y yo le respondí: "Yo no quiero que me respeten. Yo quiero que me quieran".

–Tu familia era muy tradicional y bastante severa, según cuenta Victoria en sus memorias. Defender su modo de sentir y de pensar le costó bastante antes de casarse y aún después. Tu personalidad y tu obra son poco convencionales. ¿Sufriste la severidad de ese medio?

–Mirá, a Victoria le gustaba pelearse. Yo, en cambio, hice desde chica todas las cosas que me prohibían. Las más prohibidas y hasta las que no me habían prohibido porque no se les ocurría que una nena como yo pudiera hacerlas. Además, había cosas que ellos ni siquiera sabían que existían. Hice de todo a escondidas. A mí me gustaba esconderme.

–Tus relaciones con Victoria deben de haber sido tensas, sobre todo en la niñez, cuando vivían en la misma casa.

–Ella era quince años mayor que yo. Después se casó y dejó de vivir con nosotros. Más que hablarnos, nos comunicábamos por carta. Yo le tenía miedo. Cuando se enojaba, no sabía hasta dónde podía llegar. Era grande y fuerte, y yo era la menor. De modo que cuando la veía enojada me escondía, me iba por ahí y esperaba que se le fuera el enojo.

–Hay situaciones de bastante crueldad –siempre contadas con humor– y de ternura en tus libros. ¿También en tu vida hay ternura y crueldad?

–No hay ternura sin crueldad. Una persona tierna tiene muchos rasgos crueles. Alguien tierno sabe lo que es el dolor por experiencia propia y no puede evitar, y hasta le gusta, herir a otras personas. Solo la gente insensible puede ejercer la crueldad sin ser cruel.

–¿Confiás en vos misma, en tu literatura, en tu capacidad de seducción?

–La seducción viene con la práctica. La gente me dice que soy seductora. Y no confío. Uno no puede confiar demasiado en nada ni en nadie. Ya te lo dije cuando hablé del amor. El sexo es distinto. A mí siempre me interesó el sexo y el amor. Cuando tenía veinte años me decía: "Ay, cuándo tendré cuarenta o cincuenta para no enamorarme más, para no desear más a nadie, para vivir tranquila, sin preocupaciones, sin celos, sin angustias, sin ansiedad". Llegué a los cuarenta, a los cincuenta, y seguí enamorándome y deseando a la gente hermosa. Es terrible. Ahora el sexo me resulta tan interesante como cuando era chica y acababa de descubrirlo. A mí me importó siempre. Ahora también. ¿Cómo puede dejar de importar? Es una condena y un placer.

¿Por qué la elegimos?

Misteriosa y encantadora, Silvina Ocampo sigue siendo, a pesar de todo el reconocimiento del que goza su obra, uno de los secretos mejor guardados de la literatura argentina. Fue hermana de Victoria Ocampo y mujer de Adolfo Bioy Casares, pero sus libros se destacan por una imaginación originalísima que no depende de nadie y que llevó a que recientemente The New York Review of Books la señalara, al ser traducida al inglés, como "una de las grandes maestras del cuento del siglo XX". Reacia a las entrevistas, prefería el tono de la conversación íntima, que le permitía rememorar su vida con un humor único, engañosamente infantil.

Hugo Beccacece

domingo, 12 de marzo de 2023

497. Algunos aspectos del cuento según Cortázar

                                                                              

CORTAZAR, Julio, “Algunos aspectos del cuento”


Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.

Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo. Por eso, si en las ideas que siguen encuentran ustedes una predilección por todo lo que en el cuento es excepcional, trátese de los temas o incluso de las formas expresivas, creo que esta presentación de mi propia manera de entender el mundo explicará mi toma de posesión y mi enfoque del problema. En último extremo podrá decirse que solo he hablado del cuento tal y como yo lo practico. Y sin embargo, no creo que sea así. Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.


La oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas razones. Vivo en un país -Francia- donde este género tiene poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión. De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico, obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones, uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.


Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco incasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.


En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno. Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.


Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un «orden abierto», novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el «clímax» de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa «apertura» a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.


Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.


Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.


Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?


A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir… Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.


Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: «Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo.» A mí me han reglado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: «Muchas gracias», y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuento está así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.


Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento.


En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no…


http://www.litterarius.com.es/algunos_aspectos_del_cuento.htm

https://uacmcuentouno.wordpress.com/un-poco-de-teoria/algunos-aspectos-del-cuento-segun-cortazar/

 

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